“¿Me dejo matar o qué?”

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Imagínese por un momento que usted camina por la calle de un barrio de la ciudad de Cartagena a las 6 de la mañana. Va bajando una loma a paso tranquilo cuando de repente, de manera sospechosa, vienen subiendo dos motos. Por allí, por donde los atracos en motos son constantes, se le acerca el primer motorizado a una distancia que le pone a latir el corazón más rápido. El conductor le pregunta algo, pero no se alcanza a escuchar bien lo que dijo, y se aparta. Enseguida, detrás, aparece el otro tipo en moto y, en contravía, se le pega mientras aprieta en su mano derecha un objeto con forma de pistola.

¿Qué es lo primero que a usted se le puede cruzar por la cabeza en ese momento? ¿Se imagina que son dos amables sujetos que solo querían desearle un buen día? No creo.

Sonaron tres balazos. Quien cae es el motorizado, el de la otra moto acelera asustado. El hombre que disparó es un retirado de la Policía que cargaba su arma de fuego con permiso. Dio dos pasos hacia atrás y, cuando vio que el tipo le iba a apuntar para supuestamente atracarlo, haló del gatillo.

Tendido en una calle del barrio Bruselas, el motorizado suplica que no lo mate, mientras el expolicía le apunta a la cabeza.

Le hizo caso, le perdonó la vida y esperó a que llegaran las autoridades.

Es allí cuando se dan cuenta que lo que portaba el motorizado no era un arma de fuego de verdad, luego lo trasladan herido al hospital.

Al día siguiente, uno de los tantos portales de noticias que se leen en La Heroica titula que el expolicía, por ese hecho, ya estaba siendo investigado y, además de indemnizar al motorizado herido, podría ir a la cárcel. Increíble, dije cuando leí. ¿No es eso legítima defensa?, me pregunté.

Busqué el contacto del expolicía para que me explicara lo que sucedió. Me dijo que le sorprende que ahora quieran verlo como el malo, pero a la vez está tranquilo porque dice que actuó en legítima defensa. Sobre el herido, el comandante de la Policía dijo que tiene “cuatro registros por diversos delitos, por hurto, porte ilegal de armas, tráfico de drogas”.

Este caso tiene tantos condimentos que reflejan el problema social y de inseguridad que agobian a Cartagena. Entre otros, primero, que a los atracadores en moto no les importa que les prohiban andar con parrillero, porque ahora van solos, pero en bonche. Segundo, que no es buena señal creer que ahora hay que caminar armados para defendernos de la delincuencia. Tercero, que dudamos tanto de la justicia, que pensamos que actuar como lo dice la ley también pueda ser un pecado.

Empecemos: imagínese nuevamente que va por la calle caminando cuando se le acercan de forma sospechosa dos sujetos en motos. Usted no está armado y al parecer ellos sí. ¿Qué hace? Nadie sabe.

Periodista. Magíster en Comunicación. Twitter: javieramoz

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