Membrillal

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Hay veces en que uno se arriesga de que lo califiquen de nostálgico o de retrógrado, sobre todo cuando se lamenta de los cambios en aquellos espacios donde se vivieron mejores tiempos y ninguna de las dificultades de la llamada “modernidad”.

Hace más de 30 años a la vereda Membrillal, jurisdicción del corregimiento de Pasacaballos, únicamente entraban los colosales camiones de las empresas del sector industrial de Mamonal, sobre una carretera larga, que a veces se perdía entre las nubes de polvo que levantaban sus llantas.

Uno que otro campesino en burro, o a pie, aparecía entre la bruma caliginosa del momento más esplendoroso del día. Los habitantes, cuando venían del mercado o de algún barrio cartagenero, debían tomar un bus de la ruta Albornoz y quedarse en el barrio Arroz Barato, para luego caminar media hora hasta llegar a las pocas casitas que apenas se estaban levantando en Membrillal.

Algunas fueron erigiéndose con ladrillos. La mayoría se iban armando con las estibas que se conseguían en el Terminal Marítimo o en el mercado de Bazurto. Los techos eran de láminas de zinc, de palma o de cartones protegidos por colchas de un plástico negro que se obtenía en las bodegas de Mamonal.

En cada patio había sembrados de mango, mamones y guayaba agria. Los jefes de cada familia, y sus hijos mayores, casi siempre eran obreros de Mamonal o propietarios de parcelas de zonas enmontadas, donde se sembraban frutales y productos de pancoger; y se criaban cerdos, vacas y aves de corral. Y no faltaban los dueños de camperos que a veces se rebuscaban llevando y trayendo gente entre Arroz Barato y Membrillal, para evitarles la caminata o la subida en una de esas volquetas que embadurnaban el rostro del poblado con el polvillo blancuzco de las vías.

Los fines de semana había riñas de gallos, partidos de béisbol y paseos de olla hacia los jagüeyes de las haciendas cercanas. A veces se programaba un baile, donde las organizadoras esperaban que la sala se llenara de bailadores para cobrarles a los parejos y pintarles la uña del meñique, como señal de haber pagado.

De pronto pavimentaron los accesos y entraron flotas de buses y busetas. De un momento a otro, todas las casas se irguieron de ladrillos, se acabaron los paseos al monte, las concentraciones gallísticas y los bailes con pintauñas.
Ahora hay ruido de picós, microtráfico, prostitución, reyertas y ventas de solares a inversionistas que tumban los árboles y ocultan sus propiedades con la mezquindad de sus muros y portones de hierro. De vez en cuando alguien bota un muerto ensangrentado entre la maleza.

Todavía se ven colgados los cascos, las botas y los uniformes de los obreros de Mamonal, pero queda muy poco de los racimos de plátano y de la yuca embarrada de aquellas épocas. Tal parece que el “progreso” cobra el triple por lo que a veces da.

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