Memoria histórica

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La historia de Troya trascendió, generación tras generación, como un mito, una hermosa leyenda, nada más. Hoy sabemos que Troya existió. En el museo Pushkin, en Moscú, está la fehaciente y dorada evidencia. Durante milenios los druidas, sacerdotes celtas, escribieron la historia. Uno de sus maravillosos productos es el Libro de Kells, hermoso documento dorado que yace en el Trinity College de Dublín.

Faraones, emperadores y reyes trataron de inmortalizarse con grandes conquistas o gigantescas obras. También por ello intentaron borrar de la historia a sus enemigos. Pero la historia se da sus mañas para descubrir y escribir la verdad. La historia es un registro diario, que se reescribe a la luz de nuevas evidencias y se lee en la eternidad. La memoria hace referencia a un propósito reflejado en algo concreto: un día, una fecha, una bandera, el nombre de una calle, un museo, etc.

Pierre Nora formuló la base teórica del concepto “memoria histórica”. Según él, es un intento de un grupo, partido o país por encontrar un pasado, real o imaginado, para valorarlo y tratarlo con respeto. En el camino se tergiversan algunos hechos para convertir verdades parciales o simples mentiras en la “verdad oficial”, o “políticamente correcta” y generar un pensamiento único mientras se castiga o se erradica la verdad. En el proceso desaparecen los otros, sus opiniones, su historia. Se convierten en invisibles.

​La historia ha dejado de ser el estudio de hechos aislados para ser la compleja evaluación de un todo que incluye: decisiones humanas pasadas y sus consecuencias; y lo más importante, motivaciones particulares y pensamientos, de quien las hizo y de quien la escribe. Ayer, la historia se preocupaba más por el dónde y cuándo, hoy le preocupa más el cómo, por qué y para qué. Algunos han definido la historia como la ciencia de la memoria y los encargados de elaborarla, estudiarla, conservarla, defenderla y perpetuarla son los historiadores.

Yo imagino que historiadores y maestros ven con agrado la preocupación de políticos y gobierno por la historia y su inesperado y encomiable interés por la educación de las presentes y futuras generaciones, así como por lo que será su memoria histórica del conflicto. Está claro que el vencedor escribe la historia y la reescribe cada día derribando imágenes, construyendo estatuas, cambiando leyes, etc. Sin embargo, cada vez es más difícil el adoctrinamiento estudiantil que tanto temen algunos doctrinarios.

No es fácil construir una historia común cuando es imposible compartir la memoria de una guerra fratricida, en la cual todos pierden, en la cual hay tantos desplazados, vejados, violados y asesinados. Algunos propondrían construir la memoria sobre el olvido del pasado, pero tal amnesia puede llevar a la estúpida o cómica repetición de la trágica historia.

*Profesor Universidad de Cartagena

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