Memorias de un tejedor

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Dentro de la Urbanización San Juan, en el barrio Daniel Lemaitre, hay un hombre que lleva veintisiete años arreglando mecedoras. Señor Edwin, lo llaman. Cuando una silla se desfonda o una poltrona pierde sus atributos, él acude a la cita para devolverles sus encantos. Entonces se sienta sobre un trapecio de concreto que hay en la urbanización y trabaja sin parar hasta culminar el encargo. Ni siquiera se detiene por un sorbo de agua. Ni en los días de despiadado sol, que son casi todos, cuando lo único refrescante es el color de su piel que tiene el aspecto de la panela mojada.

El Señor Edwin aprendió el oficio de tejedor con sus padres, que nacieron en San Estanislao de Kotska. Aunque conoce los misterios para perfeccionar mochilas, hamacas y trasmallos, lo que más disfruta es el tejido de las mecedoras. Una mecedora promedio, me cuenta, se teje con veinticinco cantos de mimbre traído de Mompox. Cada canto mide tres metros y, en total, suman una distancia de setenta y cinco metros. “Como de aquí a la tienda de la esquina”, dice, señalando con el dedo. En ese estado, el mimbre parece un largo e insólito espagueti. Pero es una apariencia engañosa, porque si no sabes manipularlo podría desollarte las manos. El Señor Edwin lo domestica restregándolo contra una vela gruesa que compra en un local consagrado a la Virgen del Carmen. “Así no corta”. Y, sin embargo, tiene los pulgares y los meñiques endurecidos por los callos.

Por lo general, aquella labor dura dos horas. Una mecedora está terminada cuando los huecos en el tejido del espaldar y el asiento adquieren la forma de un bizcocho. Por allí circula el aire y se renueva la estructura que volverá a aguantar el peso de varias generaciones. Abuelas tomando el café de las seis. Tías durmiendo a los hijos de otras madres. Viejos leyendo sus periódicos de ayer. Una noche cualquiera, cuando todos o muchos hayan muerto, los hermanos verán moviéndose sola la mecedora, y la nostalgia será tanta que no habrá espacio para el susto.

El oficio del Señor Edwin probablemente esté más cerca del poeta que del artesano. De él, que trabaja con cantos, depende el vasto mundo de las terrazas, las salas y los patios. Los días en que este hombre enferma son días aciagos donde las mujeres no entonarán canciones de cuna con sus niños en brazos y los primos dejarán de hablarse a la sombra de los árboles de mango.

Así suene obvio, la importancia de la mecedora consiste en que se mece y mecerse es un asunto vital para todo lo que existe Caribe. Lo sabe el mar, cuyo vals de las olas no se acaba nunca. También la hamaca, que navega como una canoa entre las aguas de los sueños. El Señor Edwin podría afirmar que bajo este sol terrible la Tierra no gira sino que se mece y yo le creería. Después de todo, los poetas siempre tienen la razón.

*Escritor

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS