Memorias; pies en el agua

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Caía un aguacero en Cartagena y yo corría desafiando el clima, quería llegar al colegio la Santísima Trinidad, pues teniendo un deseo inigualable de estudiar, me dolía perder una hora de clase. La lluvia arreciaba y cada vez que afirmaba los pies en el agua mis zapatos lloraban, suplicaban que parara, pues desfallecían, no alcanzaba a escucharlos, pero estaban exhaustos, no resistieron; se desprendieron las suelas, al sentir la humedad en la planta de los pies con angustia paré y la lluvia cesó en el instante, presagiaba lo peor, quedar descalzo en un lugar extraño tan lejos de la casa.

Caminé arrastrando los zapatos, que ya eran cartón mojado. Entonces, afligido sin saber qué hacer, deposité mi cuerpo en una silla del parque Centenario, allí el alma se desprendió de mi cuerpo y viajaba. Después de horas volví en sí para decidir tres cosas; una, no ir al colegio, dos, regresar a pie pelao a casa, y tres, me comprometí ante Dios y Jesús de Nazaret a derrotar en mi vida la pobreza.

Ese día que borré de los recuerdos su fecha, inscribió en mi memoria la misión de emprender una lucha permanente para sobrepasar los obstáculos que impidieran la superación personal, emprendiendo la tarea de formarme, a amar la lectura, el estudio, la investigación, el diálogo, el escuchar y la disciplina del trabajo, lo que permitió descubrir que existen innumerables mundos en este universo, iniciando su búsqueda en un viaje sin puerto ni cobijas. Con el objetivo de salir adelante, dejé atrás los espejos sin imagen, los hombres y mujeres sin nombre y sin sueños. Solté las amarras al alma para encontrar mis ilusiones, despegué de la nada construyendo en el cosmos anhelos, conquistando en los planetas la inscripción de mi nombre, para eso hallé una maleta guardada en el corazón llena de tesoros, no eran joyas, pero valían más que el oro; mis dimensiones y valores humanos como única fuente de la fortuna material e inmaterial, desde entonces soy inmensamente rico.

Las cosas no han sido fáciles como dice Melida, mi esposa, quien se pregunta por qué nos ha tocado pedalear el doble que los demás, ella es una heroína con la que comparto la satisfacción de ser padre de tres hijos a quienes hemos entregado como legado el cultivo del respeto, la educación y superación. Hoy que se cumple un año más desde cuando Pabla, lavandera, y Senén (q. e. p. d.) pintor del barrio Santa María me trajeron al mundo, doy gracias a Dios y a ellos por tantas realizaciones, pidiéndole al sus bendiciones para continuar la labor de contribuir al mejoramiento del mundo, un mundo donde hacer lo correcto se penaliza como si fuera un delito, en vez de valorarse.

*P.U. Comunicación Social Periodismo.

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