‘Mentepollo’

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En el municipio bolivarense de Santa Catalina, como en todo el país, pululan lumbreras que sin duda alguna le darían sopa y seco a los más encumbrados pensadores de la Antigua Grecia.

A Sócrates, Platón, Aristóteles, Pitágoras, Diógenes se les saldrían las babas escuchando a nuestros sabios criollos, y don Abraham De Voz es uno de ellos.

Estos anónimos pensadores son expertos en solucionar problemas, elementales y complejos, surgidos en la vida cotidiana del poblado, al interior de las familias y de sus propias almas.

Abraham es un hombre humilde, sin tacha y sumamente honrado, cualidades que envidiaría cualquier estadista que se respete. Es además experto agricultor, diseñador-constructor, mecánico, inventor, consejero sin sueldo, dueño del menos común de los sentidos: el ‘sentido común’, ese que le ha permitido orientar a docenas de generaciones mientras trasmite los secretos del campo, del vaivén de las lluvias, de las plagas que atacan plantas, animales y al ser humano.

Es también experto rabdomante, localizando, con extrema precisión, corrientes o depósitos de agua, garantizando la supervivencia de sus paisanos y la productividad de numerosas fincas en toda la Costa Caribe.

Pero sobre todo Abraham tiene fama de eficiente e insobornable mediador: sin exigir centavo, soluciona litigios humanos y divinos, dando veredictos inmediatos, basándose en la sabiduría del refranero popular y confrontando, cada caso, con las experiencias vividas o trasmitidas por sus ancestros. No usa toga ni protocolos, pero las partes respetan sus inapelables fallos, tal como acontece con las jurisprudencias de las Altas Cortes.

Por supuesto, de su ojo de garza no se escapa la política. Una vez, en mi presencia, observó al vecino correr a una concentración de líderes llevando su hoja de vida bajo el brazo: -“¿Para dónde vas ‘Mentepollo’?”, preguntó Abraham con ironía.

-“¡Para ninguna parte!”, respondió visiblemente molesto.

-“Ese tipo –me dijo– como tantos otros, tienen la mente olvidadiza del pollo: cuando echamos maíz en el corral son los primeros en correr, pero a medio camino detienen el impulso y se regresan, pues olvidaron la razón de sus afanes. Igual ocurre con los politiqueros de turno: lanzan aguaceros de promesas y estos idiotas útiles corren creyendo que, ¡ahora sí!, son ciertas, pero nuevamente se convierten en dolorosas falsedades. Durante cuatro años sufren los dolores del despojo de sus derechos, pues padecen de amnesia electoral: hartos del sancocho de hoy, intoxicados por el maíz venenoso de las campañas embusteras, permitiéndoles a esos compradores de conciencias permanecer pegados a la ubre, sin miga de remordimiento”.

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