Mi amorío con Zelda

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Mi primer acercamiento con Nintendo fue mucho antes de que supiera que existían personas y empresas que desarrollaban videojuegos para mi disfrute. Mucho antes de los infantiles recuerdos con un primo con el que jugaba ‘Contra’ tardes enteras en mi cuarto.

Mucho antes de quedar con la boca abierta al ver a mi prima en Bogotá destrozando Súper Mario World y Donkey Kong Country mientras a mí todavía me costaba alcanzar la punta de la bandera en el primer mundo de Súper Mario Bros del 85.

Mi primer acercamiento a Nintendo fue por allá en el 95. Tenía 6 años y a mi casa había llegado para las navidades un artefacto que me pareció tan fascinante como una nave alienígena. Una Nintendo Entertainment System (NES) de colores grises, negros y apliques rojos. Dos controles y una pistola que se convirtió en el dolor de cabeza de mi madre cuando disparaba a un pato en la pantalla de un gordo televisor Sony CRT.

Habían tres cartuchos, uno con Súper Mario Bros, otro con Duck Hunt y uno menos colorido que los otros, pero que llamó mi atención.

Era un cartucho gris con una etiqueta que intentaba ser dorada y un extraño escudo que daba la impresión de ser metalizado. Dicho escudo estaba divido en cruz formando 4 espacios en los que habían dos corazones, una llave y un león heráldico rampante. Más arriba de las letras rojas se leía “The Legend Of” (La Leyenda de) en letra cursiva negra. Había algo fascinante y misterioso en esa etiqueta tan distinta al fontanero y el pájaro pixelado de los otros dos cartuchos. Encendí la consola y empecé a jugar algo a lo que no estaba acostumbrado, un juego en ángulo de cámara cenital, era una especie de enano de sombrero verde que se aventuraba a una cueva donde un viejo anciano le decía “It’s dangerous to go alone! take this” (¡Es peligroso ir solo! toma esto). Ves aparecer una espada, te acercas y la recibes sin percatarte que será uno de los tantos tesoros útiles que encontrarás para tu aventura. Así empezó mi amor con Nintendo y, en especial, con La Leyenda de Zelda.

Pensé que no encontraría juego similar hasta que pude jugar “A Link to The Past” esta vez en un Super Nintendo y simplemente me voló la cabeza.

Pero luego, en 1998 Nintendo (como si supiera mi edad exacta y mi creciente interés por la tecnología y la animación 3D) lanza la Nintendo 64 y con ella el clásico y recordado The Legend Of Zelda: Ocarina Of Time. Más allá de los reparos que tengo ahora como ‘gamer’ adulto (da para otra columna) este título marcó mi vida y se convirtió en una especie de reto infantil que debía superar sin importar las horas a escondidas de mis padres y los posibles castigos. Fue tan difícil y satisfactorio superar todo este juego que todavía me veo en la cafetería del Colegio de La Salle sentado solo y con el ceño fruncido pensando en cómo iba a superar el maldito templo del agua en el que llevaba casi un mes atascado mientras me comía de mala gana un dedito de queso y una Coca-Cola. Cuando vencí a Ganon no pude hacer más que saltar de alegría en mi cama y casi echar abajo el televisor conectado a la consola.

Crecí jugando todos los juegos de Zelda y cuando en 2017 lanzaron Breath Of The Wild, no pude hacer más que emocionarme y disfrutarlo tanto como cuando era niño. Ahora lanzaron una secuela y no duden que la jugaré. Nintendo ganó el E3 porque conoce exactamente a la audiencia que creció con sus juegos.

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