Mi Poema

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La semana pasada conversé con el compositor guajiro Rosendo Romero Ospino, a propósito de cumplirse 40 años de la publicación de su canción “Mi poema”, cuya grabación estuvo a cargo de Silvio Brito y Orángel Maestre.

Casi desde el primer momento el tema se convirtió en una de las piezas musicales más escuchadas y vendidas de la música popular del Caribe colombiano; y, con el paso de los años, quedó inscrita en la memoria cultural como unas de las piezas emblemáticas de eso que llaman “vallenato romántico” o “paseo lírico”.

Le comenté a Romero Ospino que, más allá de la vocalización y los arreglos están las precisiones visuales, como cuando describe que “esa mirada profunda y misteriosa es como dos claros de luna entre sombras de almendros; encanta como un manantial entre juncos y helechos, romántica como la lluvia de un atardecer...”.

Yo era un quinceañero enfocado en el cine y los libros cuando por primera vez se publicó la canción, pero desde ese momento supuse que quien la había compuesto era un pintor o tenía sólidos conocimientos al respecto, lo que corroboré cuando Romero me refirió que en sus años de estudiante de primaria se ganaba algunas monedas haciendo los dibujos de los compañeros, habilidad que reforzó como estudiante de la Escuela Bellas Artes, de Barranquilla.

La respuesta no paró ahí. Romero terminó de afinar la capacidad descriptiva de sus letras cuando fue estudiante de bachillerato en Cartagena, haciendo parte de la comunidad estudiantil del Liceo Bolívar, donde conoció la poesía de otro pintor: Luis Carlos “El Tuerto” López.

Es fácil imaginar que el incipiente pintor y futuro compositor quedó plenamente identificado con imágenes como “¡Oh, las parejas de alas de pato no necesitan bicarbonato y se conservan como en alcohol. Sin el lirismo de las gaviotas, que van, ensueño de almas remotas, libres en una puesta de sol”.

O como esta: “La testa del cerro, rugosa y rapada, brilla con los tintes de la mermelada; y, detrás de un lecho de color de ají, se asoma el cigarro de una chimenea que, en la paz del croquis, lentamente humea taladrando el cielo como un berbiquí...”.

Pudieran ser más. Me imagino que todos los que pueden caber en el tiempo de sobra de un estudiante adolescente. Los suficientes como para que Romero escribiera cosas como “(...) un poema de parranda tus cabellos; y tus ojos, una dulce madrugada. Tu sonrisa, la gaviota que alza el vuelo. Y tus labios, mi pasión desenfrenada”.

Han pasado 40 años desde la grabación de “Mi poema”. Cuatro décadas durante las cuales cientos de voces han repetido el lamento que encierran sus sílabas, que son como rasgos fundamentados en la vida del campo. Porque Rosendo Romero no ha dejado de sentirse un campesino.

Eso dice, lamentando al mismo tiempo, que Luis Carlos López no haya superado los trazos del olvido.

*Periodista

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