¡Mi reino por un abrazo!

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Domingo Caraballo Gracia, médico egresado de la Universidad de Cartagena, profesor titular de Fisiología Cardiovascular de la Universidad de Antioquia, graduado con honores en Harvard como rehabilitador cardíaco; sin embargo, el título que más lo enorgullece es el de ‘Coleccionista de frases célebres’ que distribuye, como bálsamo sanador, a todo aquel que lo necesite.

Los siete hermanos Caraballo Gracia son héroes silenciosos, reconocidos en el campo de la salud, psicología, derecho y biología; pero todos ellos recuerdan a sus padres como los verdaderos ‘maestros’ esmerados en formarlos integralmente en ciencia, humanismo y carácter, insumos fundamentales de los libres pensadores.

En medio de esta mortífera y arisca pandemia, Domingo se convirtió en surtidor de frases y anécdotas que abren las ventanas al optimismo, permitiéndonos mirar más allá de las cifras escalofriantes que los noticieros repiten y repiten, día y noche, como si se tratará de un reality, quizás con el noble propósito de alertarnos, pero que, a la postre, nos deprimen y arrugan la esperanza.

Hoy, muy temprano, Domingo me regaló unas frases conmovedoras sobre la ironía de la vida y la importancia de valorar todo aquello que criamos inamovibles, pues siempre estuvieron ahí, cerquita de los ojos y junto a los labios, pero que ya no están: “Se necesita tristeza para saber qué es la felicidad; ruido para apreciar el silencio y la ausencia para valorar la presencia.”

Domingo recordó también la trágica paradoja de Ricardo III, Rey de Inglaterra, durante la feroz Batalla de Bosworth en 1485. Cuando sus implacables enemigos lo rodearon para masacrarlo, mantuvo la esperanza de huir al galope para salvar su vida. Fue entonces cuando el último emperador de la Casa de los York, propietario de incalculable fortuna, lanzó una frase inmortalizada por William Shakespeare:

“¡Mi Reino por un caballo!”.

- Todo en la vida es relativo –certifica Domingo– y seguramente ocurriría igual con Jeff Bezos, el hombre más rico de la tierra si, por fatalidades del destino, quedara íngrimo, desnudo e incomunicado, agonizando de sed bajo el sol canicular del desierto: “¡Mi fortuna de Amazon por un vaso de agua!”.

En mi caso, bajo el agobiante peso de las medidas restrictivas exigiendo, indefinidamente, tapaboca, lavado frecuente de manos y, sobre todo, distanciamiento social, estoy que grito, como Ricardo III: “¡Mi Reino por un abrazo!”, aun cuando, si revisaran mi enclenque contabilidad, como la de casi todos los médicos colombianos en ejercicio, comprobarían que no alcanza ni para una Coca Cola.

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