Columna


Mi reino por un Kibbeh

HENRY VERGARA SAGBINI

23 de enero de 2023 12:00 AM

Cuando se deshojan los años y no cabe un recuerdo ni una cana más, me invade, irremediablemente, la nostalgia del país de mis abuelos.

Perdí toda esperanza de recorrer, a pie descalzo, sus 10’400.000 kilómetros cuadrados tatuados en mi alma alucinada y no puedo evitar derramar una que otra lágrima frente a los aromas y sabores del Kibbeh, Tabbule y Tahine, recién bañados en aceite de oliva.

Añoro el abrazo de los tres millones de ‘brimos’ dispersos por el mundo entero que llevan, como yo, a El Líbano impregnado en las sandalias, esas que recorrieron senderos tortuosos dejando atrás nidos y comarcas sembradas de espantos por el invasor otomano.

Por fortuna, aquella tierra de leche y miel germina en la piel de los ‘turquitos’, poblándola de vellos cual estrellas en el firmamento; en las aceitunas de los ojos de sus mujeres y en las manos sacrosantas de las abuelas zurciendo ropa vieja y heridas nuevas con hilos de paciencia y esperanza.

Desde su nacimiento, el descendiente libanés adivina el sabor del dátil, distingue el olor de los jazmines, del sándalo que perfuma el hacha que lo hiere, del cedro colosal que aún sostiene el palacio del Rey Salomón; conoce de memoria la cuenca de los ríos Litani, Awali, Hasbani, fecundando los valles de la Bekáa, Kadisha y sus partos monumentales de trigo, uvas, manzanas, durazno y naranjas, remembrando las cosechas del Paraíso Terrenal.

Confieso que me invade la misma angustia de Ricardo III, acorralado en la Batalla de Bosworth, dispuesto, con tal de salvar su vida, a cambiar su reino por un caballo.

Yo entregaría el minúsculo condado que poseo, repleto de versos y naftalina, si me permitieran degustar un Kibbeh, sentado en cualquier recodo del Monte Líbano o mientras camino sobre el mar de arena roja de Wadi-Rum (o Valle de la Luna), cuna del pueblo Nabateo, ese que prefirió el exterminio a perder su libertad.

Menos mal que esta nostalgia imperecedera no solo invade a los descendientes libaneses: todos somos migrantes, incluyendo a Donald Trump, Carlos III y las pelusitas del Ku Klux Klan, nietos del cojonudo africano que hace tres mil millones de años, salió de su cueva, al sur del rio Zambeze, decidido a conquistar el universo, sin mirar atrás.

En un mundo asfixiado por torrentes incontenibles de migrantes, Juan Gossaín, orgullo libanés, asegura que la clave de la convivencia pacífica entre costeños y árabes, radicó en compendiar virtudes y no en restregar defectos, logrando el milagro que, bajo el mismo tenderete de la mesa de fritos, convivan, en armonía absoluta, el Kibbeh y la Arepa e’ huevo.

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