Columna


Mi voto

CARMELO DUEÑAS CASTELL

25 de mayo de 2022 12:00 AM

La primera vez que escuché hablar de él fue por nuestro maestro de historia en el Colegio La Esperanza. El profesor Cabarcas adoraba su materia y disfrutaba con ella casi tanto como lo que debía gozar con nuestra ignorancia crasa. Especialmente con la de algunos personajes que, inútilmente, escurrían el bulto y camuflaban su analfabetismo histórico en las últimas filas del salón.

Su dedo acusador los conminaba con su grito de batalla: ¡a ver usted! Su santo grial era Tucídides. Al hablar de él se transformaba, entornaba los ojos tras sus gruesos lentes, como esperando que apareciera el famoso historiador. Pronunciaba su nombre con lentitud, lo disfrutaba, lo paladeaba sílaba por sílaba, en un vano intento porque entendiéramos la gigantesca dimensión del cronista: ¡Tucídidesssss!

Cuando el profesor hablaba de Pericles se frotaba las manos con lujuriosa sevicia y fruición. Parecía estarlo viendo; a ese que magistralmente Tucídides describió en “Historia de la guerra del Peloponeso” haciendo un alto en la batalla para dar su famoso discurso fúnebre y honrar a los atenienses fallecidos. Es probable que el historiador se haya tomado algunas licencias al escribir, años después, la famosa arenga.

Lo cierto es que es el discurso más famoso de la historia. En él se han inspirado, y plagiado, todos quienes en el mundo han sido, y serán. Lincoln, Kennedy, Castro, Churchill, etc.

Pericles, el primer estadista, solo vivió 55 años. Más que suficiente para crear la Edad de Oro de Atenas y decir que “somos la imagen que otros imitan... la admiración de las eras actuales y de las que nos sucedan recaerá sobre nosotros, ... en todas partes hemos dejado monumentos imperecederos”. ¡Y qué monumentos! el Partenón y la democracia.

Según el diccionario, estadista es quien tiene gran saber y experiencia en asuntos de Estado. Con gran acierto, para los griegos Estadista significa Politikos.

Ortega y Gasset decía que mientras los mortales nos preocupamos el político se ocupa de buscar soluciones y resolver nuestros problemas. Decide y asume el costo de sus acciones, por impopulares que sean, a sabiendas que beneficiaran a todos, o la gran mayoría, y que perduraran.

En algún momento estadista y político dejaron de ser lo mismo y, peor aún, se degradaron a politiquero. Seguramente cuando ellos se convirtieron en la causa y no la solución de nuestros problemas. El próximo domingo deberíamos elegir al estadista, si es que lo hay. Lejos de mí darles su nombre. A mí me lo dijo el profesor Cabarcas y esa es la democracia que promulgaba Pericles y repitió Churchill: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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