Columna


Michi, ¡genio musical!

WILLY MARTÍNEZ

26 de enero de 2022 12:00 AM

Extraordinario músico que nos proporcionó años de satisfacción en presentaciones y tertulias. La última vez que hablé con él, días antes de su muerte, lo sentí apagado. Pude entonces comprender la gravedad de su enfermedad y la razón de su decaimiento. En octubre le tarareé por el teléfono una canción, en segundos me dijo esa es “Sin Breke” de Pedro Laza. El oído de Michi tenía la virtud de transportarse al pasado a una velocidad inimaginable. Todas mis inquietudes sobre música popular las resolvía. En una ocasión nos reunimos en Manga con Luis Fernando Martínez, el hijo Sofronín, para hablar de cantautoras y músicos que ha producido la región del canal del Dique, una riqueza musical que habla por sí sola. Son tantos y tan buenos que me llevan a proponerle al gobierno la inclusión de un componente cultural al proyecto que iniciarán en el Dique.

Michi Sarmiento era un virtuoso con el clarinete y el saxo. Tenía un alma generosa y un don para afinar las cuerdas de la amistad con un afecto genuino y profundo. Lo invité a Guyana y Jamaica. En Kingston pasó su cumpleaños, ese día le llevé de sorpresa a Fredy MacGregor. Juntos recordaron las historias del Festival de Música. Eran tantas y divertidas, que vaciaron varias botellas de Ron Apletton en medio de risas y celebraciones.

A Guyana llegó después de un largo recorrido. En Trinidad perdió su maleta pero no hubo afán, lo doté de buenos trajes y corbatas y orgulloso decía: “Estoy como todo un señor embajador”. También compramos atuendos africanos que prefería ante cualquier otra vestimenta por muy fina que fuera. Recuerdo que lo acompañaban diestros bailadores del Dique. Había uno arrebatado que enseñaba cumbia a pares guyaneses, al momento encontró con quién acoplarse. Le dije, caramba, pero estos tienen el mismo tumbáo. A lo cual me respondió: “Hombe docto, jopo con jopo ellos se entienden”. Solté una sonora carcajada. Todas sus salidas tenían mensajes de filosofía popular donde afloraba el encanto vernáculo de la gente del campo. Él lo decía tan normal que narrarlo diferente hoy, sería quitarle la gracia y faltar a la verdad.

Las fiestas con Michi fueron incontables, organizaba un grupo de acuerdo a las circunstancias, era versátil e ingenioso. Bastante disfrutamos de su estilo y el atuendo africano que orgullosamente lucía.

Una noche donde Rafa Martínez interpretaba porros y gaitas que su padre Clímaco Sarmiento le había enseñado, los invitados eufóricos pedían canciones y no lo dejaban descansar. Michi, haciendo gala de su extraordinario sentido de buen humor, expresó: “¿Bueno Rafa, cuándo será el día que van a aprender a tocar los blancos para bailar nosotros los negros?”.

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