Columna


Miedo al Estado

PABLO ABITBOL

PABLO ABITBOL

11 de septiembre de 2020 12:00 AM

En uno de los textos más bellos y poderosos de la teoría política, El Leviatán, Thomas Hobbes demuestra que un Estado fuerte –que como el legendario monstruo marino del Libro de Job, sea temido por todos y no tema a ninguno– es necesario para salvaguardar un orden social que le permita a cada ciudadano confiar en que los demás no le harán daño, para que así todos puedan vivir en paz y prosperar.

Sin embargo, aunque esa antigua metáfora aún guía la mentalidad autoritaria que hoy prima sobre la concepción del Estado, desde la teoría política, que por supuesto ha seguido avanzando, ya no vemos las cosas así. Bellos y poderosos trabajos como los de Robert Axelrod y Elinor Ostrom muestran con claridad que la confianza interpersonal y, por lo tanto, la seguridad ciudadana y la paz social, no requiere un Estado fuerte al que todos teman.

Destilando décadas de investigación en el campo de la economía política y la teoría de la democracia y el desarrollo, Daron Acemoglu y James Robinson han constatado que la prosperidad económica depende crucialmente de que las instituciones (las reglas de juego) de la sociedad sean inclusivas, no excluyentes ni extractivas. Así mismo, han demostrado que no hay prosperidad sin libertad, y que no puede haber libertad si la sociedad no mantiene a su Leviatán, al Estado, encadenado, bajo su control y no a la inversa.

Cuando, desde esta perspectiva, comprendemos la profunda importancia del Estado laico –que sólo se atenga a la legítima ley– y de los valores universales de la ciudadanía, perturba tremendamente escuchar al Comandante de la Policía iniciar todas sus intervenciones con el lema ‘Dios y patria’. Algo aparentemente tan nimio en el uso sistemático del lenguaje, pone de manifiesto la estructura profunda de una mentalidad caduca que guía la acción de una institución frente a cuyos ya habituales desmanes la ciudadanía trágicamente se pregunta “si el agresor es la policía, entonces a quién llamamos”.

Y si quien gobierna la ciudad imita ese lema y emula esa mentalidad calzándose su uniforme, mientras estigmatiza e infantiliza a la ciudadanía, abdica tácitamente de su autoridad y justifica cruelmente la imposición forzada de un orden autoritario que tan solo sirve para generar más abusos y tragedias.

Mientras tanto, en los territorios rurales –donde la tierra aún es vista por las élites políticas y empresariales como recurso de poder y de riqueza, y no como fuente de alimento, sustento y vida– las comunidades campesinas vuelven a ver con miedo cómo siguen siendo excluidas de los consejos de seguridad en los que esas mismas élites toman decisiones sobre sus ensangrentados territorios.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivas.

*Profesor Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UTB

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