Columna


Mira cómo bailan

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

15 de febrero de 2020 12:00 AM

El lunes de esta semana que termina, la periodista cartagenera Ada Echenique Soto me hizo recordar una actividad que era muy común en la Cartagena popular del siglo pasado: asomarse a las puertas de una fiesta para ver bailar. Confieso que se me había olvidado por completo.

En realidad no era únicamente en Cartagena. Se daba en toda la Región Caribe, y quién sabe si en toda Colombia. Una muestra fehaciente de ello está en las páginas de la novela “Cien años de soledad”, donde se narra que la familia Buendía estrenó una pianola mediante una fiesta en la que los hijos desplegarían los pasos que les enseñó Pietro Crespi, el italiano que llevó el artefacto y se quedó hasta su temprana muerte en Macondo.

En cuanto sonó la pianola y los muchachos comenzaron a bailar, la puerta de la casona se llenó de curiosos, quienes no escondían su asombro y complacencia con las destrezas de los bailadores, hasta que se formó una trifulca entre dos mujeres, porque una de ellas dijo que el joven Arcadio Buendía tenía nalgas de mujer. La ofendida era Pilar Ternera, madre en secreto del muchacho que sufría de trasero femenino.

En una Cartagena con pocas ofertas de entretenimiento, lo mismo que las zonas rurales, era comprensible que un simple baile cobrara la curiosidad de los habitantes del barrio, sobre todo mujeres, quienes se asomaban por la ventanas y por las puertas principales y patieras. Al día siguiente, el tema de los comentarios (buenos o malos), obviamente, era el baile, pues esta actividad permitía intuir quiénes estaban enamorados, quiénes bailaban mal, quiénes era unos maestros en el arte, quiénes estaban pasados de trago o cuáles caballeros mostraban actitudes que contradecían los postulados machistas de aquellas épocas.

Claro está, esa especie de distracción chismográfica, una que otras veces, rebasaba el ámbito de las puertas y las ventanas. Los mirones no siempre eran vecinos a los que nadie invitó. También podían ser invitados, cuyo único compromiso era ataviarse de la mejor manera, pero solo para sentarse en los muebles que acondicionaban al rededor de la sala y hacer lo mismo que hacían los que se asomaban: observar los defectos y virtudes de los bailadores. Había veces en que ni el administrador de la música se salvaba de los comentarios subsiguientes.

A un nivel más general, los mirones (en su mayoría hombres) desbordaron los límites de las fiestas familiares y saltaron a las casetas hechas con tablas de madera, cuyas rendijas servían para observar desde afuera todo lo que acontecía en la velada.

Hubo un momento posterior, cuando se pusieron de moda los picós especializados en música africana y placas combativas, en que los mirones asistían armados con enormes grabadoras de casettes, para captar los discos y las frases de sus equipos de sonido preferidos.

Ahora todos miramos sin ver, como dice Blades.

*Periodista.

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