Ni hunos ni hotros

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Hace un siglo Unamuno escribió su hermosa novela Niebla: Augusto y Eugenia y esa cegadora bruma que, al disiparse, muestra que el otro no es como lo ve el amor o como se muestra buscando ser amado sino como es. Unamuno vivía en esa niebla los últimos años de su vida. Merecía el Nobel como escritor, pero lo perdió por sus volubles posturas políticas, a veces racistas. Rector de la Universidad de Salamanca intentó, inútilmente, zanjar pacíficamente las graves diferencias entre los españoles. En medio de la locura colectiva y de la epidémica violencia pasó de controvertir a la dictadura franquista a confrontar a la oposición y al final, buscando un mal menor, se alineó con la primera. Unamuno reconoció que la causa del desangre no era otra que el ansia de poder, que obligaba, a los dos bandos, a enterrar debajo de ella todo rastro de cultura y civismo junto a miles de muertos. Aburrido de los abusos fascistas y la violencia de los rojos acuñó la frase “ni hunos ni hotros” para criticarlos a ambos. Facciones que en un sangriento conflicto se polarizaron cada vez más. Fascistas y rojos, violentos, extremistas, sin puntos medios, sin posibilidad de acuerdos. El resto es historia, décadas de dictadura. No queda claro si su frase postrera era hastío por las bajezas de la humanidad o vergüenza de sí mismo: “Da asco ser hombre”.

Yo siempre admiré, con algo de envidia lo confieso, a quienes ven la vida en blanco y negro. Son capaces de separar en bien y mal cualquier tema, hecho o persona. Con su dedo inquisidor, con abismal claridad, y con clarividente soberbia, señalan, califican y juzgan sobre lo divino y lo humano. Los otros, conciliadores, intentan matizar los claroscuros. Resulta obvio que la vida se escribe y se lee mejor cuando se usa tinta negra sobre el fondo más blanco posible, el contraste lo hace evidente. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser bipolar. Ustedes han visto lo que ha pasado con los guerrilleros en el poder: Daniel Ortega, Lula da Silva, Dilma Rousseff, etc. Todos tan reaccionarios y corruptos como sus opositores. Ahora miren lo que ocurre en nuestra Colombia: no hay nadie más parecido al más izquierdista de todos que el líder de la extrema derecha; tanto que el mayor beneficio del uno es la existencia, beligerancia y terquedad del otro. Un paro, un homicidio, cualquier cosa, y ellos, y sus fanáticos, ciegos por la niebla, lo polarizan y lo convierten en superficial caballo de batalla, en desmedro de un país resquebrajado y parcelado por y para los dos.

No discutiré si Unamuno dijo la famosa frase con que termino hoy. Si no la dijo valdría la pena que la hubiera dicho: “Vencer no es convencer. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitarías algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

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