No aprendemos la lección

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Hace 30 años mataron a Luis Carlos Galán, encarnación de los ideales de transformación que los colombianos esperan y no ven. La historia repetida del 9 de abril de 1948, cuando asesinaron al líder popular Jorge Eliécer Gaitán, cuando se encontraba a un paso de conquistar la Presidencia de la República. La espiral de violencia que generó este crimen cuyos autores intelectuales aún no se conocen, dejó 300 mil muertos.

¿Por qué y quiénes no quieren un país en paz, más equitativo y con menor desigualdad? Las hipótesis son muchas pero la realidad no cambia. La violencia continúa sembrando de muerte los campos y las ciudades del país. Cuando asoma una luz la convierten en sombra.

Con su muerte trágica Galán entró a la leyenda pero sus logros en vida - exceptuando su cuestionable paso por el Ministerio de Educación en el gobierno de Misael Pastrana Borrero desde donde se lanzó una implacable persecución contra la educación pública y el movimiento estudiantil universitario--, lo muestran como dirigente de méritos que quería un país renovado. Abogado, economista, periodista y político de combate, lo sacrificaron quienes veían en él a un político capaz de enderezar el rumbo del país para llevarlo por el camino de la decencia. Algo que no permiten quienes desde las sombras mueven los hilos del poder a través de la violencia que convirtieron en su guía y horizonte.

El magnicidio de Galán fue uno de los muchos hechos desgraciados que marcaron la trágica historia de Colombia en la parte alta del siglo XX, cuando la guerrilla copaba amplios territorios del país y el narcotráfico permeaba todas las esferas de la sociedad colombiana y amedrentaba con un terrorismo puro y duro bajo el comandado de Pablo Escobar y sus secuaces.

Otros candidatos presidenciales también fueron asesinados entonces por una máquina de barbarie: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, así como jueces, magistrados, periodistas. La Unión Patriótica fue exterminada con más de 3.000 muertos junto a su líder Manuel Cepeda, mientras el salvajismo paramilitar se ensañaba contra la población civil con masacres infernales contando en ocasiones con la anuencia de la fuerza pública y participación activa y pasiva de terratenientes, empresarios y políticos afines a sus perversos propósitos. Años de infamia, motosierras y hornos crematorios (al estilo nazi). Después, los falsos positivos. Todo como si nada. Como ahora, cuando se asesina sin descanso a los líderes sociales y los indígenas porque Colombia no aprende la lección y prefiere patinar en el fango de la ignominia antes que superar para siempre sus incontables desgracias.

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