No más líderes muertos

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Un pequeño grupo de 20 individuos, temeroso de las sombras y los desconocidos peligros nocturnos, no sabía qué hacer. La lucha por la supervivencia diaria, en búsqueda de agua y comida, les exigía evitar peligrosos animales para los cuales ellos eran parte de la cadena alimenticia. Por esas calendas, hace más de 20.000 años había menos de un millón de homo sapiens sobre la tierra. En cada grupo había un líder y los demás eran seguidores. El líder surgía espontáneamente como el mejor guía, el más fuerte, el mejor proveedor de alimentos, techo y protección. Luego, guerreros, brujos y sacerdotes fueron los líderes de pueblos y comunidades.

Hace más de 4.300 años, en el antiguo Egipto, se decía que un líder “busca que cualquier acción sea virtuosa hasta que en su gobierno no existan injusticias”. Confucio decía que un buen líder era benevolente, humano, justo y moderado. Para Platón, el ‘Filósofo Rey’ es el ideal, pues compagina sabiduría con poder político. El homicidio de cualquier ser humano no tiene sentido y debiera ser rechazado; pero tengo para mí que la muerte de un líder es el lento y soterrado genocidio de un pueblo. Peor aún, por tratarse de zonas en conflicto o barrios donde el abandono estatal, los cultivos ilícitos, la minería ilegal y otras lacras se enseñorean sobre una comunidad abandonada, cuya única esperanza es un líder social que pelea por ellos, que denuncia una injusticia, que aboga por sus derechos y se enfrenta a los poderosos y sus abusos.

Las víctimas son dirigentes de Juntas de Acción Comunal, líderes cívicos, indígenas, activistas de derechos humanos, sindicalistas o ambientalistas. Se presume que sus homicidas son paramilitares, guerrilleros, criminales y el mismo Estado.

El asesinato de más de 250 líderes en 2019 y la continuada y vergonzante lista que este año completa más de uno por día, debiera obligarnos al rechazo total. En mi caso genera dos sentimientos: uno de eterna admiración por la terca valentía con que luchan por sus seguidores hasta convertirse en mártires; otro de ira incontenible. Ira con el sistemático exterminio, ira por la incapacidad para protegerlos, ira por la absurda torpeza con que, en veces, el Estado y/o la sociedad responsabilizan de los homicidios a las víctimas; ira con la desidia e ineptitud que ha permitido la impunidad en más del 90% de los casos.

El líder surge como una estrategia social de adaptación. Usando el ejemplo de César Borgia en ‘El Príncipe’, Maquiavelo discute si un líder debe ser amado o temido. Él sugería que en el ejercicio del poder es mejor ser amado y temido; pero si debe escoger entre las dos, afirma que es mejor “hacerse temer”. A nuestros líderes sociales de poco les ha servido ser amados por su comunidad, mientras que a los otros, los asesinos, el temor sí que les está sirviendo para ejercer su perverso liderazgo.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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