No salir más de Colombia

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Me había prometido no salir más de Colombia, no solo porque se me hace difícil desprenderme del nido, dejar así sea por un momento a los míos, sino porque cada vez que viajo al exterior, al llegar a casa, al regresar a Cartagena entro en franco y casi legítimo desánimo, el que me dura tormentosos y apáticos quince días.

Es muy difícil aceptar nuestro destino, después de visitar esos países desarrollados, con gran ordenamiento en todos los sentidos, con tan alto grado de civilidad y educación, donde las necesidades básicas están satisfechas hace decenios. La equidad es un principio fundamental para el bienestar. Los niveles de felicidad se notan por la gran amabilidad que la gente profesa. La cortesía y la gentileza es el pan cotidiano. Y al regresar al nuestro, no poder evitar caer presa de un enfermizo desconsuelo, de una incertidumbre desbocada, de una desilusión casi suicida. El caos, la improvisación, la falta de autoridad, la iniquidad son las normas del diario acontecer. La toma del espacio público es la perfección del caos. Parece una obra de teatro del absurdo, es la estética de la anarquía.

El ser humano en estas latitudes nuestras no tiene ninguna importancia, la vida tiene poca estima. Una sociedad que maltrata a los niños de la manera como lo hacen los colombianos, no tiene futuro. De hecho en lo que va del año han sido violados 7.000 niños, de los cuales muchos han sido asesinados. Los niños, los que deben ser más importantes en la estructura poblacional y en la organización y el futuro de una nación.

Que digno es por ejemplo el peatón en todos estos países del norte de Europa, los automóviles le hacen la venia, es la decencia y la misericordia unidas. El peatón, el más débil en la organización de la movilidad es tratado con enorme dignidad. Y en algunas de estas ciudades el 60% de los habitantes se transportan en bicicleta y en algunos países hasta sus parlamentarios lo hacen.

Una cosa tiene el cartagenero, que no tiene sentido del respeto a lo comunitario. La ciudad no es de él ni de nadie, está allí para abusar de ella. Es más, en respuesta a la evidente iniquidad existente, la tratan mal como si ejercieran una especie de venganza sobre ella, como si castigaran a alguien con ese comportamiento.

Todo el desorden ciudadano y la desobediencia civil, de permitir a los ciudadanos hacer lo que les viene en gana, reemplaza el no poder brindarles niveles de bienestar aceptables. El no poder cumplir con grados de equidad razonables. La iniquidad se reemplaza con el dejar hacer. Ningún gobernante, ni nadie que somete a los suyos a semejante trato pueden tener ningún sentido de autoridad. Entonces somos presa del caos, de ese caos que no solo enceguece y no deja ver lo que somos, sino que nos vuelve torpes y nos convierte en presa de la mediocridad.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS