Columna


¡Yo no soy un hombre, soy un pueblo!

ALFREDO RAMÍREZ NÁRDIZ

13 de febrero de 2024 12:00 AM

Tristemente, no es verdad. Usted no es un pueblo. Usted es un hombre. Solo un hombre. Y, mientras no tengamos esa idea clara, difícilmente se podrá construir una fortaleza democrática con líderes que tan poco entiendan en qué consiste la fortaleza de una democracia. La democracia no es solo la voluntad del pueblo. Fundamentalmente, porque ningún pueblo es un único pueblo, sino muchos pueblos, tantos como personas diferentes hay en una sociedad. La democracia no es tomar las decisiones que yo como presidente considere oportuno porque me apoya el pueblo. La democracia no es creer que estoy más allá del control y fiscalización del resto de poderes del Estado porque tengo el respaldo del pueblo. La democracia jamás ha sido eso, cuando de verdad ha sido democracia. Y los que dicen que sí y los que dicen que hay diversos conceptos de democracia y los que dicen que teniendo al pueblo de su lado un demócrata no necesita nada más, es que no han entendido en qué consiste la democracia. O sí, pero no les interesa recordarlo.

La democracia es que todo gobernante y toda decisión política deban estar legitimados por la voluntad popular. Cierto. Pero la democracia, y no en menor grado, es también la separación de poderes, el Estado de Derecho, la garantía de los derechos individuales y el pluralismo. La democracia no es tal si no hay limitación del poder. Pues, sin límites al poder, no es de una democracia de lo que hablamos, sino de la tiranía de la mayoría. ¿Y qué más me da que el tirano sea uno o que sea un millón? El problema no es quién me tiranice, sino que me tiranicen. Incluso la voluntad de todo el pueblo, del 100% de la sociedad, debe tener límites. Y esos límites son el resultado de siglos de prueba y error en teoría política y constitucional.

Saber que es mejor que el poder este repartido, que concentrado en una única persona; saber que, por encima de la momentánea voluntad de la población, está el imperio de la ley; saber que más allá del deseo de la mayoría, está el respeto a los derechos de la minoría; saber que, aunque todos menos uno piensen algo, ese uno tiene derecho a pensar lo contrario en libertad. Nuestro presidente, como tantos otros antes y tantos otros hoy, no parece tener estas ideas claras. Y eso es un problema. Para él, porque su legado no será digno de buen recuerdo. Y para nosotros, porque no viviremos en la Colombia en la que mereceríamos de una vez por todas vivir.

*Universidad Autónoma de Barcelona.

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