Columna


Nos miran

MIGUEL YANCES PEÑA

20 de marzo de 2017 12:00 AM

Habrá notado que en los supermercados la cajera no digita el precio del producto, sino que lee un código de barras impreso en la envoltura, que lo identifica en una base de datos que contiene el precio, y se lo envía a la caja para su cobro, y elaboración de la factura. Así, los precios se pueden actualizar fácilmente en la base de datos.

Habrá notado también, que la cajera le pide el número de la cédula con lo cual lo identifica en la base de datos, y cruzando información, descubre sus hábitos de compra, lo que le permite hacer marketing personalizado, u ofrecerle precios diferenciales. Por ejemplo, puede conocer su poder adquisitivo y cobrarle más alto; o más bajo, para conservar el cliente.

Netflix, conoce sus preferencias y le recomienda la película adecuada a su gusto; amazon.com, le recomienda un libro, y así. Con esto quiero mostrar que las maquinas registran y analizan nuestro comportamiento de consumo hasta el punto que se podrían desarrollar algoritmos que le permitieran a sus clientes, llamar por teléfono al supermercado (o hacer un click) y pedir que le despachen lo mismo que el mes anterior, o en navidad, por ejemplo.

Igual sucede en la Web con los motores de búsqueda y las redes sociales, cuyas bases de datos conocen más de nosotros, que nosotros mismos. Con cada búsqueda, click, o publicación en las redes sociales, estas van categorizando mediante algoritmos sofisticados, detalles de nuestra personalidad, nuestras enfermedades, nuestros gustos; de manera que antes de contraer matrimonio, por ejemplo, la gente podría preguntar a Google, Facebook, o WhatsApp, entre otros, si cree que su personalidad compaginará con la de su novia. O si se encuentra triste y deprimido, Google le puede recomendar qué hacer, porque lo conoce mejor que su psicólogo.

La participación en la Web es un fenómeno creciente; ya ni la edad, ni la condición económica son barreras de entrada. Y donde haya aglutinaciones, nunca faltarán la publicidad comercial tratando de vender productos y servicios, ni políticos, imagen personal para obtener votos, o destruir al contendor. Pero bien utilizada, les permitiría a los pueblos dar un paso adelante en democracia participativa y transparencia. El poder que hoy en día detentan los funcionarios públicos, que creen poseer toda la verdad, y abusan, se iría transfiriendo poco a poco a los ciudadanos, que, de súbdito de aquellos, pasarían a ser dueños de su propios deseos y quereres; y los funcionarios, quienes hagan posible satisfacerlos so riesgo de ser removidos.

ADENDUM (Ley 134 del 94, Título VII)

Para revocar hoy en día a un mandatario, se requiere que participe mínimo el 60% de los que participaron en el proceso electoral que lo eligió (sólo ellos pueden solicitarla y votar), y que el 60% los de los votantes lo apruebe. Nada fácil.