Columna


Nosotros los sungos

ORLANDO OLIVEROS ACOSTA

13 de enero de 2021 12:00 AM

Los sungos sufrimos en secreto el prestigio de la barba. En lo más profundo de nuestro ser, aunque por fuera aparentemos otra cosa, envidiamos ese matorral bendito que crece sobre el rostro de otros hombres y lamentamos la desnudez de nuestra cara lampiña. Durante la adolescencia, mientras los demás cultivan una barba tupida con réditos sociales extraordinarios, nosotros los sungos nos hacemos adultos con un bozo incipiente que nunca estuvo ni estará de moda. Nuestro bigotillo de bobos grandes, como lo llaman algunos, no nos sirve para nada: su sombra virginal jamás alcanzará la autoridad estética de la barba de tres días. Y en caso de que perseveremos lo suficiente con el bigote –un proceso que puede tardar varios meses– lo máximo que obtenemos es un mostacho a lo Cantinflas.

Todo el que tiene una barba, salvo la mujer barbuda de los circos, mejora de forma considerable la gracia de la primera impresión. Con ella los idiotas parecen inteligentes; los cobardes, valientes; los débiles, poderosos; los charlatanes, profundos. Diversas mitologías nos han mostrado que la mayoría de los héroes, jerarcas y dioses comparten el atributo del vello facial. Thor, el dios escandinavo del trueno, e Indra, el señor de los cielos de la religión védica, son buenos ejemplos de ello. En ‘La Creación de Adán’, el fresco que Miguel Ángel pintó en la bóveda de la Capilla Sixtina, Dios aparece retratado con una ondulante barba gris, la misma del mago Merlín y de los patriarcas sabios, cuya extensión enmarañada contrasta con la mandíbula imberbe de Adán, un ser inferior. Barbones fueron Sócrates, Platón y Aristóteles, por no decir que cualquiera que se dedicara a pensar en la Grecia de entonces lo era. De hecho, la palabra griega ‘pogonotrofos’, “hombre barbado”, fue usada durante un tiempo como sinónimo de filósofo. Hasta para la grandeza de la maldad se necesita una barba: ahí tenemos al Diablo con su chivera negra y afilada de macho cabrío o al personaje Barba Azul de Charles Perrault, famoso por apilar en una habitación los cadáveres de las esposas que asesinaba.

Conscientes de las cualidades fantásticas de la barba, los faraones ordenaban que sus cabezas fueran esculpidas con una. También usaban barbas postizas, una costumbre que se extendió a las reinas. Los sungos contemporáneos debemos recurrir a otros accesorios para equilibrar la balanza: lentes gruesos que infundan inteligencia o un piercing en la ceja con aires rebeldes. Algunos soñadores se untan en el mentón la loción mágica de los tratamientos capilares y cuidan el vello naciente como si fuera un jardín. Los que no nos atrevemos a eso, nos consolamos con reírnos de nosotros mismos cuando llega el momento de afeitarnos: agua, jabón, espuma y los tres pelitos de siempre.

*Escritor.