Columna


Nuevos presagios

RAÚL PANIAGUA BEDOYA

04 de julio de 2022 12:00 AM

Los últimos quince días de junio generaron a millones de colombianos razones para desear y pensar en que nuevos y refrescantes vientos se avecinan para el país, por lo menos para una buena parte de ese país que, como el mapa de los departamentos en los cuales tuvo mayoría el presidente electo, siempre han estado al margen y casi siempre invisibilizados.

Existen razones para desear, como nos ocurre después de medianoche del 31 de diciembre, los mejores días y años a quienes están a nuestro alrededor o a quienes nos preocupamos por llamarlos y hacerles saber de nuestros sentimientos. El triunfo de Gustavo Petro, la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y hasta el encuentro cordial de Álvaro Uribe con el presidente electo, nos generan la idea o aún digámoslo así, la ilusión de que podremos hacer de este siglo XXI, lo que desde la constitución de 1991 se esperaba: sentar las bases para una nueva nación, más prospera, equitativa, productiva, ética y en paz.

En estos quince días se expresaron toda clase de augurios, deseos y expresiones de gozo y de sensata confianza en que el futuro será diferente. Esperamos pasar la página de casi 60 años de horror, violencias, masacres, desplazamientos y una larga lista de expresiones con las cuales no se cansan de sorprenderse en el exterior, pero que en nuestra nación casi nunca dio para aterrarnos, incomodarnos o movernos el piso. Lo que sucedió en nuestra nación en estas décadas fue sencillamente la negación de futuro para millones, fue la eliminación de la esperanza y de los sueños. Algún día nuestros descendientes se harán algunas preguntas parecidas a las que hizo el director de la Comisión de la Verdad en la entrega del informe final; pero sin lugar a duda podrán ampliar el nivel de los interrogantes. Por ejemplo, cuánto capital perdió el Estado y la sociedad colombiana en este conflicto de casi siete décadas. Pero más que lo perdido por razones directas del conflicto, cuánto desperdiciamos, cuánto destruimos, no tanto en bienes o riqueza como en vidas humanas, en frustraciones individuales y colectivas.

¿Cuál es el costo que hemos venido pagando para poder vivir tranquilamente, sin temores, sin prevenciones y en especial sin desconfianzas? Desconfianzas que fuimos extendiendo a todo: a vecinos, a gobiernos, a instituciones públicas y privadas, a órganos de justicia y a un largo etcétera, que en muchos casos llegó hasta las mismas familias. En esta forma llevamos décadas destruyendo el capital más valioso de una sociedad: la confianza.

Ahora en nuestra Cartagena el esfuerzo deberá ser mayor, pues tenemos condiciones que tienden a perpetuar la desconfianza pública y privada. Aún subsisten circunstancias que no nos permiten aterrizar en nuestro terruño ese optimismo por una sociedad mejor. Ahora el reto es nuestro y es grande, es saber cómo aprovechamos estos momentos de euforia y optimismo para construir una mejor ciudad.

*Sociólogo.

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