Obituario para el gran almirante

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La noticia del fallecimiento del Almirante Rafael Grau Araujo ocurrida en Bogotá, el jueves pasado, nos embarga de congoja. Murió el ultimo de esa trilogía de almirantes cartageneros, como lo fueron Porto, Lemaitre y Grau.

De linaje ilustre, el material genético del Almirante fue una componente de inteligencia, liderazgo, disciplina, valores, clase, tenacidad y estoicismo, lo que le permitió coronar sus sueños. Y digo de estoicismo, porque la formación castrense en cualquier lugar del mundo está llena de sacrificios, en la que hay que tener mucho temple y autodominio.

Es una carrera militar que debe recorrerse sobre un campo minado, procurando evadirlo y llegar ileso a la meta. Culminar ella, con el máximo grado que otorga la Armada Nacional, como lo logró el Almirante Grau, es demostrar que fue un gran triunfador con talante batallador.

Llegar a tan elevada posición y concluir sus servicios en 1988, como Comandante de la Armada Nacional, es haber recorrido toda una serie de cargos de alto rango dentro de la institución. Amén, de haber ejercido con lujo de competencia los de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en las Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra.

Constelado de medallas, lució sobre su pecho meritorias e innumerables condecoraciones: la Cruz de Boyacá en dos categorías, la del Rey de España como General Honorario de los Reales Tercios del Reino, las de la Armada, y tantas otras, como fueron las de la Policía Nacional, del Ejército, y la Fuerza Aérea. Puedo afirmar -porque conté con el privilegio de su amistad y lo traté en demasía-, que a pesar de tener tan brillantes alamares, era una persona sencilla y modesta.

Me quedó el honor de haberle prologado dos de sus libros: “Apuntes para la historia de la Armada Nacional” obra que habrá de servir a la institución para espigar aún más, sobre su desarrollo y progreso, y un opúsculo sobre su padre: “Enrique Grau Vélez. Líder político, deportivo y social de la vieja Cartagena de indias”, personalidad cartagenera que aun los historiadores no han investigado a conciencia.

Memorioso de sus recuerdos, y sentados a manteles en su casa, refería anécdotas y experiencias de su vida militar. No se extraviaba en sutilezas para contarlas. Era un militar a carta cabal, disciplinado y recio de carácter, pero sin pasiones ni rencores. Tanto es así, que presumía que rezaba por sus enemigos y por 125 amigos y familiares. Nombraba a todos, omitiendo con gallardía el nombre de sus adversarios.

Mi Almirante, has iniciado la singladura final de tu carrera. La barca timoneada por Caronte te habrá de conducir. ¡Buen viento y buena mar, en el navegar hacia la otra ribera! Muy doloroso que tus amigos no podamos despedirte en estas horas de confinamiento total, por la peste que cubre al mundo.

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