Columna


Oclocracia y COVI

CARMELO DUEÑAS CASTELL

21 de julio de 2021 12:00 AM

La ciudad tenía unos 300.000 habitantes. Menos del 10% eran ciudadanos, con derecho a votar y a ocupar cargos públicos. Había más de 1.000 cargos, elegidos por sorteo. ¡Sí!, por sorteo anual para evitar que alguien se perpetuara. Las elecciones eran para los pocos cargos de mayor importancia. Los candidatos eran ricos puesto que cualquier deterioro de las finanzas públicas debería ser pagado con el patrimonio del funcionario. Aún entre los ciudadanos, menos de 30.000 personas, había una discriminadora estratificación. Los demás, los esclavos, las mujeres y otros grupos no existían. El término idiota hacía referencia al que no participaba en política. Así, según Plutarco, y gracias a Solón, Clístenes y Pericles se ejercía la democracia en Atenas. Eso que hoy llamamos el gobierno o el poder del pueblo. Esgrimiendo ese poder, muchos siguen negándose a las vacunas. Con frecuencia son los mismos que abusan de medicamentos, pócimas y menjurjes que nada han demostrado y que, de contera, tienen efectos adversos. Los mismos que no han seguido las mínimas normas de protección y distanciamiento. El gobierno y ellos son culpables de más de 100.000 fallecimientos, del colapso sanitario y la debacle económica. Claro, los demás somos responsables por omisión.

La vacuna es la única intervención capaz de reducir el número de casos severos, las hospitalizaciones, el ingreso a UCI y la muerte. Ya se ha establecido, además, el impacto benéfico de la vacunación en la reducción de costos para el sistema de salud y en la reactivación económica. Cuando una de estas personas se niega a vacunarse está actuando en contravía de todos. Esta democracia que exige libertad para decisiones individuales no es capaz de proteger la vida y delega en cada uno el derecho a decidir sobre su muerte. Es probable que quienes se niegan a vacunarse se basen en la ley de eutanasia para refrendar su derecho a decidir sobre su muerte. Y hasta razón tendrán. Sin embargo, al negarse a vacunar ponen en riesgo a otros, ocupan una cama, generan unos gastos al sistema y le restan oportunidades a una inmensa mayoría. En otros lares, tal vez menos democráticos, la vacunación se ha vuelto obligatoria o el no vacunarse genera graves exclusiones en la vida de sociedad.

Platón y Aristóteles cuestionaron la democracia como una tiranía colectiva y demagógica. Rousseau advirtió que la democracia, como sistema imperfecto, puede involucionar en la oclocracia, el peor de los sistemas. En ella la ignorancia, el odio y la manipulación convierten al pueblo en una muchedumbre manipulable.

Lo decía Polibio: “La monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en violencia y anarquía.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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