Columna


Oda a la muerte

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

25 de mayo de 2021 12:00 AM

Me tomaré una licencia diferente para hablarte de frente, hoy que te paseas con más regularidad por estas tierras provocando reflexiones desesperadas. Lo hago quizá en busca de justificar tanto sufrimiento, bajo el estrés natural que genera que seamos, en apariencia, los únicos conscientes de tu inevitable recalada.

Aunque eres lo único seguro de la existencia, por tu forma despiadada y cruel eres temida. Tu presencia normalmente es considerada inoportuna, estimulará dolor, tristeza, desolación y lágrimas. Te conocemos sin conocerte, pues solo contemplamos con angustia la revolución que causas a la vida con tu llegada, y a quien miraste agresivamente a los ojos, nunca volvió a contarnos sobre los tuyos, por eso creo que el misterio ha sido tu clave. Seguramente serás deseada por muchos a los que sus signos vitales se les convierte en tormento y no falta el desalmado que te invoque para un cuerpo ajeno; la capacidad de odio llega a esos extremos. No tienes patrones descifrables y tampoco obedeces a una lógica conocida, a veces llegas por sorpresa, en otras ocasiones te anuncias con anticipación mediante señas que son desdibujadas por la esperanza.

En algunas latitudes eres considerada un castigo, en otras, un llamado a la felicidad, pues, según se cree, representas la puerta de acceso al perturbador infierno, pero también al plácido descanso. La acomodación dependerá del comportamiento terrenal, se piensa que eres el más malo de los males, no lo sabemos, sin embargo, la existencia para muchos se vuelve un tormento en el que se recibe la muerte varias veces y de diversas formas, de hecho, como diría Foucault sobre el suplicio: “... es un arte de retener la vida en el dolor subdividiéndola en mil muertes”.

Te cuento que, aunque parezca paradójico, se vive estando muerto y se muere en presencia de la vida. Nunca vivió quien mucho respiró en ausencia del amor, así como será eterno el que murió amando. Será una tortura peor que la fría parca saberse lejos del ser que se adora, también quien se priva de la tranquilidad y el placer que brinda deambular por el camino a la felicidad que se gesta en cada segundo recorrido y que, irremediablemente siempre tendrá un final material.

Particularmente pienso que te vencemos cuando hemos amado con locura, cuando el recuerdo de los momentos sublimes de nuestro trasegar permanece intacto a pesar del paso inexorable del tiempo, cuando dejamos huellas perennes de nuestra breve estancia entre los vivos que nos recordarán por la historia construida. Somos eternos mientras no seamos presa del olvido, seguiremos vigentes mediante aquella bella energía que trasciende el plano físico, la que es desconocida y misteriosa, esa que, posiblemente no existe.

*Abogado.

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