Oportunidad de oro

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Cartagena es una ciudad privilegiada. Atesora un bagaje cultural, espiritual, material y un gran capital humano. Pero sus privilegios no son garantía de un desarrollo económico sostenible.

El secreto del futuro de Cartagena está en la apuesta de cooperación público-privada bajo una mirada que combine eficiencia y principios sociales. Como lo sostuvo Rodolfo Segovia, Cartagena nació de las aguas, pero la falta de agua fue su talón de Aquiles. La ciudad es una marca emblemática que debe (re) construirse permanentemente bajo una filosofía colectiva de la atracción.

El taxista, el comerciante, el campesino, la ingeniera, la emprendedora, el funcionario y todos deben imprimirle una identidad en la diversidad a su ADN productivo. Mientras Barranquilla crece aceleradamente, Cartagena no puede quedarse atrás. Si Cartagena se recuperó del nefasto incendio de 1552 y de los saqueos de 1697, antes de que los arrabales se erigieran en emblemáticos espacios que entran al imaginario del colombiano a temprana edad, ¿por qué no ponerse de acuerdo y jalar para un mismo lado? A Bogotá le costó mucho ponerse de acuerdo en torno a la Especialización Inteligente dada la falta de identidad y cohesión capitalina, pero lo logró.

Para esto es vital que se materialice un esfuerzo de desarrollo económico, ya sea en una entidad público-privada, o en una nueva oficina pública, pequeña y eficiente, como lo ha manifestó el Centro de Pensamiento de Cartagena y Bolívar con sus lineamientos de política de desarrollo productivo. Esta debe coordinar esfuerzos conjuntos mientras atrae recursos hacia una política de desarrollo que impulse el medio ambiente y la inclusión productiva.

Esto implica, desde volver las cárceles emblemáticos centros de productividad y reconciliación, hasta el impulso de megaproyectos de infraestructura que conecten la ciudad con municipios aledaños. No puede ser que Cartagena siga trayendo productos agropecuarios del centro del país mientras sus propios corregimientos son capaces de producirlos. Se debe tecnificar el campo y capacitar con herramientas reales, no con discursos a los productores. Es hora de imprimirle una visión empresarial al andamiaje público, como lo ha hecho Cotecmar.

El desarrollo sostenible implica creer en el emprendimiento, en forjar alianzas de Universidad-Empresa-Estado, en eliminar inútiles logos de gobierno que van cambiando cada 4 años, y en crear pactos entre empresas, empleados y entidades. Si Cartagena no despierta ante estos retos, habrá otras joyas de la corona del norte del país que brillarán sobre el legado de la ciudad de las Bóvedas.

*PhD, decano de economía

de la Universidad Central.

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