Columna


Otro capo

PABLO ABITBOL

05 de noviembre de 2021 12:00 AM

Mi generación pasó de la juventud a la madurez viendo caer capo tras capo. Unos muertos, otros capturados, muchos extraditados; todos, sin embargo, reemplazados dentro de una lógica perversa de reconfiguración constante de las mafias del narcotráfico.

También hemos escuchado a cada presidente y a cada general anunciar grandilocuentemente el fin de uno u otro cartel, combo o clan de narcotraficantes.

Hoy, como de costumbre, la historia se repite. Después de años de seguirle las huellas a otro capo, este cae por fin capturado. Próximamente será extraditado y probablemente pague una condena reducida a cambio de su colaboración con autoridades extranjeras.

Como muchos otros capos extraditados, su expectativa quizá sea disfrutar de su dinero al abrigo de un futuro anonimato. La verdad sobre los nexos de su organización con quienes a cambio de plata o plomo la protegen y la justicia a la que ya ni aspiran las miles de víctimas de sus violencias brillarán por su ausencia.

Mientras tanto, circulan los previsibles audios anunciando plan pistola, paro armado y retaliación por su captura. Más niños y policías mueren y hombres armados prohíben la circulación de personas en las noches del Urabá y de los Montes de María. La curva de la muerte, el desplazamiento, la amenaza y el terror asciende nuevamente al compás del reacomodamiento de las jerarquías mafiosas.

Aun cuando cada estudio corrobora la futilidad de la guerra contra las drogas, Colombia sigue hundiéndose en el mar de sangre y dolor que dejan tras de sí los portentosos negocios, no solo del narcotráfico y el lavado de dinero, sino también del glifosato, los helicópteros, las balas y las cárceles.

Aun cuando el acuerdo de paz suscrito hace cinco años entre el Estado colombiano y las Farc establece compromisos de enorme trascendencia para la reorientación de las políticas públicas sobre drogas, con el fin de que ellas se guíen más por la evidencia y la razón que por la ideología, el actual gobierno se empecina en mantener nuestro eterno presente anclado en un pasado trágico.

Y, en una suerte de esquizofrenia cultural colectiva, el país celebra la caída de otro capo al tiempo que les vende a los turistas camisetas con la imagen de Pablo Escobar.

¿Y mis estudiantes? ¿Será que también tendrán que pasar de la juventud a la madurez viendo caer capo tras capo? ¿Seguirá nuestro hermoso país ahogándose en un mar de sangre, codicia, odio, miedo y dolor? ¿Tendremos por fin la lucidez de elegir un gobierno que cumpla con el compromiso ético y legal de ponerle fin a la guerra contra las drogas?

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Coordinador del Grupo Regional de

Memoria Histórica, UTB.

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