Columna


¿Paciencia?

JAVIER RAMOS ZAMBRANO

09 de enero de 2022 12:00 AM

Supongamos que un día cualquiera a Radamel Falcao García, nuestro delantero goleador, querido por la mayoría, se le da por ser el arquero de la Selección Colombia. Se cansó de hacer goles y aunque nunca se había puesto los guantes, decidió, “profesionalmente”, ubicarse bajo los tres palos para que tampoco nos siguieran inflando la red. Aprovechó además el cariño de la gente para tomarse confianza y creer que podía proteger el arco.

Colombia, que venía de derrota en derrota, creyó que Falcao, por su carisma, su honestidad y ganas de triunfar, podría servir para atajar los potentes remates de los rivales, pese a no tener idea de esa nueva función.

Como capitán, quería dar órdenes desde atrás, pero sus compañeros lucían perdidos dentro del terreno de juego ante la improvisación; era difícil escucharlo. En los tiros de esquina salía en falso; y a la hora de armar la barrera, ni se diga, dejaba el segundo palo descubierto. Lo más extraño es que un par de jugadores, desganados o incompetentes (¿quién sabe?) ni saltaban para rechazar la pelota. Lo cierto es que ninguno de ellos se atrevía a pedir cambio para ser reemplazados por alguien de la banca.

Tanto era el aprecio de la hinchada por Rada, que empezaron a culpar al resto del equipo por no mantener la posesión del balón. Si Falcao recibía un gol desde la mitad de la cancha, los seguidores decían que era mérito del que pateó; o peor aún, algunos hasta culpaban a la brisa por estar en contra.

Los goles de taquito, de túnel, de vaselina o de chilena a los que nos tenía acostumbrados a celebrar, ahora Falcao los recibía en su propia puerta, de una manera tan infantil, que ni se vería en un campeonato de barrio.

Gran parte de la hinchada se empezó a desesperar, los chiflidos contra él y el equipo se escuchaban cada vez más fuerte, sin embargo, parecían sordos, seguían jugando, especialmente, a la defensiva.

No había técnica ni táctica en la Selección. El liderazgo que se le veía antes como delantero, se diluyó ahora como portero. Entonces jugaban al pelotazo, a lo que saliera. Con cada derrota llegaban las excusas, que si no era culpa del árbitro, era del VAR.

El objetivo de ir al Mundial se alejaba. Después de tantas derrotas, Rada empezó a reconocer que no sabía tapar, pero él tenía la fe de que las cosas iban a cambiar, de que su equipo se iba a poner las pilas para volver a regalarle la alegría a un pueblo que se lo merecía.

A los partidos cada vez iba menos gente, el estadio estaba quedando vacío porque varios dejaron de creer en el capitán y su equipo. Antes de un encuentro decisivo, dijo: “La Selección no se puede arreglar de la noche a la mañana. Pero de lo que sí pueden tener la seguridad es que ustedes tienen un arquero honesto que entrena mucho. A veces meto la pata, ¿quién no mete la pata?, somos humanos, solo Dios es perfecto, pero siempre obro de buena fe por el interés de toda nuestra hinchada. Por todo lo anterior, les pido paciencia”.

*Periodista. Magíster en Comunicación.

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