Papá Cuevas

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Nacido en San Juan de Nepomuceno el 20 de abril de 1923, Francisco Bustillo Cuevas hizo parte de las primeras camadas de pediatras encubadas en las entrañas benditas de la Casa del Niño.

Amigo de mi padre, Rafael A. Vergara González, preparaban deliciosas tertulias, aliñadas con política, anécdotas, cantos de Escalona, boleros de Toña la Negra y Olga Guillott, mezclado todo aquello, en la tinaja de las añoranzas.

Ya en temple, en la cima de su talla napoleónico y haciendo gala de su prodigiosa memoria, al doctor Bustillo le brotaban dulces voces de trueno rindiendo tributo a Neruda, Julio Flórez y a las ponzoñas del ‘Tuerto’ López.

Pero el poeta-pediatra tenía su favorita: ‘Carta sin Ortografía’, de Jorge Robledo Ortiz, alcanzando el clímax lírico cuando susurraba al oído de Mayito, su amantísima su esposa: “Voy a beberme el mar, ya tengo listo el velero”.

Como docente, sabio, recursivo y carismático, sus alumnos lo seguíamos durante la ronda matutina, cual paticos recién salidos del cascarón, ante las miradas escrutadoras de Napoleón Franco Pareja, fundador-director de la Casa del Niño, y de Óscar Guardo Núñez, jefe de Pediatría.

Jamás olvidaré el primer día de clase: el doctor Bustillo examinaba, uno a uno, los pacientes de la sala a su cargo, pero se detuvo frente a un muchachito agonizante y desnutrido. Inesperadamente, tomó al moribundo entre sus brazos colocándolo en los míos. –Si van a ser médicos, ¡carajo! séanlo de verdad-verdad. Sepan a que huele la miseria, la fiebre, las lágrimas de su madre, los dolores, los miedos; vean en su rostro a su hermano, a sus padres, al rostro de Dios–. Y mientras escrutaba en las pupilas de sus alumnos el efecto de aquellas banderillas de ciencia y misericordia, rompió el hechizo con su frase de combate: “¡Ay papá Cuevas! ¡Que nunca se les olvide!”, rememorando a su generoso abuelo Manuel Cuevas, quien se arruinó ‘fiándole’ a los pobres de San Juan de Nepomuceno, casi todas las medicinas de su farmacia.

En ésta época devorada por la avaricia y las puntadas con dedal, recuerdo al maestro Bustillo, quien hasta su último aliento disfrutó del pechiche de Mayito, su esposa y confidente. Aseguran que la poesía mantuvo vivo aquel amor de más de medio siglo. Cuando él preguntaba titubeante: –¿Qué haré con mi voz en silencio y mis manos vacías?– Mayito le susurraba al pediatra con alma de poeta: “Voy a beberme el mar, ya tengo listo el velero”.

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