“¿Para dónde vamos?”

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María Claudia Peñas Arana, directora de Cartagena Cómo Vamos, a pesar de ser politóloga de la Universidad Tecnológica de Bolívar, en realidad se desempeña, magistralmente, como enfermera, tomándole los signos vitales a una paciente desahuciada en la unidad de cuidados intensivos del Palacio de la Aduana.

María Claudia, acompañada de Eliana Salas Barón, coordinadora técnica, y una tropilla de confiables encuestadores, monitorean la calidad de vida de los cartageneros colocando el termómetro a las febriles cloacas tuguriales, tomándole el pulso, casi imperceptible, a la educación, a la salud, a la seguridad ciudadana; después verifican la presión al desempleo, a punto de una hemorragia social; finalmente auscultan el corazón de piedra insolidaria de la ciudad y sus pulmones, de mangle y corales, marchitos por la avaricia.

María Claudia convoca entonces a las fuerzas vivas y les entrega, públicamente, el lúgubre ‘boletín de calificaciones’ evidenciado que, de nuevo, todos o casi todos reprobamos el año. Sorprende que, proporcionalmente hablando, a través de los siglos las cifras de la inequidad en Cartagena sean idénticas. Rafael Núñez, por ejemplo, se quejaba así ante el centralista presidente Miguel Antonio Caro: “Esta ciudad padece de inanición, pues las cuatro quintas partes de la población de Cartagena, La Redentora, se acuestan todas las noches sin saber que habrá de desayunar al día siguiente”.

Enrique J. Arrázola, exgobernador de Bolívar, totalmente desolado por la corrupción administrativa, en el primer centenario de nuestra independencia, aseguraba que: “Para superar las agobiantes desigualdades sociales, se hace imprescindible recuperar la pulcritud de los servidores públicos”.

Más tarde, año 1927, Cartagena contaba con 82.000 habitantes y hoy, cuando sobrepasamos el millón de almas, las estadísticas de Núñez y las quejas de Arrázola coinciden milimétricamente con las del el Banco Mundial y las de Cartagena Cómo Vamos”: 75 a 80% de la población continúa en el rango de la pobreza y la miseria por culpa de la insaciable corrupción, colocándola como una de las ciudades más inequitativas del planeta. Cifras contundentes que ubican a Cartagena como ‘Ciudad fallida’, muy cerca del abismo, pero su clase politiquera ni se inmuta y cada cuatro años los mercaderes de la democracia, fieles a su tradición centenaria, compran al por mayor y al detal, votos y conciencias, garantizando que los recursos destinados al desarrollo con equidad, aniden, impunemente, en sus bolsillos.

Quizás por eso Rubén Blades asegura en su rebelde tonada que “en casa del pobre, sin espacio para la felicidad y el descanso, hasta el feto trabaja”.

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