Paz y modernidad

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James Robinson, uno de los autores del importante libro Por qué fracasan los países, publicó a finales del año pasado un artículo que encendió un necesario e interesante debate.

Más recientemente, publicó un segundo escrito en el que defiende y clarifica su argumento:

“La manera de hacer política en Colombia y el Estado débil que ésta ha generado son las raíces de los problemas del país. Los episodios históricos de violencia fueron creados por conflictos políticos, no por problemas en la tenencia de la tierra… mi argumento no es que en un universo paralelo no sería muy bueno tener una economía de pequeños terratenientes o una reforma agraria radical que mejorara las cosas… Mi argumento es que en la ‘Colombia que realmente existe’ tal economía y tales políticas son políticamente inviables… la situación representa el mejor de los mundos para la élite colombiana y el peor de los mundos para el resto del país… Nada debilitaría más a esta élite que perder el control sobre la fuerza laboral en áreas rurales, pero esto no va a pasar sin que dicha fuerza laboral tenga mejores opciones. Y por esto: educación, educación, educación.”

Creo que este argumento, basado en el amplio conocimiento de Robinson sobre Colombia, sus profundos estudios sobre procesos de la modernización mundial, y en un crudo realismo político (e histórico), es parcialmente válido.

Robinson tiene razón al argumentar que el camino de la reforma agraria y la restitución de tierras es ostensiblemente tortuoso, incluso quizás irremediablemente idealista y, en consecuencia, fácilmente manipulable por quienes se benefician del terrible status quo de la propiedad de la tierra en Colombia.
Pero se le escapan dos cosas esenciales.

Primero, las recientes políticas sobre tierras y los acuerdos de La Habana no se agotan con la propiedad: plantean reformas y estrategias de modernización del mundo rural que deben ser evaluadas en conjunto. La modernización rural no es solo un fin en sí mismo; también hace parte de los medios claves para lograr la paz.

Segundo, lo realmente crucial para avanzar hacia la paz y la modernidad es que los habitantes del mundo rural –principalmente los campesinos violentados y resistentes por generaciones– obtengan por fin un verdadero poder de decisión dentro del sistema político sobre sus territorios y sus proyectos de vida.
Lo más importante en tal sentido es fortalecer la democracia y la ciudadanía en el mundo rural.

El Estado, la sociedad civil y la academia podemos hacer mucho en tal sentido; ¿lo estamos haciendo?
Bienvenido el debate.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y RRII, UTB
COLUMNA EMPRESARIAL
PABLO ABITBOL*
pabitbol@unitecnologica.edu.co
 

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