Pedro Blas

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Lo habíamos mirado pero no lo veíamos en verdad. Durante un largo tiempo, no solo eso. Entonces también lo negábamos. Tal vez era su origen humilde o quizá su lejanía de un academicismo acartonado y acostumbrado a la lisonja de los conciliábulos, lo que producía tal ceguera intelectual.

Él se mantuvo alejado de aquella mezquindad y siguió hurgando en el legado de sus ancestros, en las calles de su barrio legendario, en la algarabía de las esquinas, las cantinas y los patios para forjar un universo poético singularmente propio, rico en expresividad, imposible de imitar. Logró un lenguaje particular para describir sus desvelos, sus inquietudes más íntimas y comenzó a recorrer el largo camino de su existencia en el que ha ido dejando su huella, de la mano de sus deidades entrañables y sus realidades cotidianas.

No ha sido fácil su peregrinar. Marinero del mundo en un principio, su estrecho camarote le sirvió para escribir sus primeros versos –Poemas de calle Lomba-, y para recordar las mulatas de su ciudad ausente, soñar con regresar a tierra para caminar por los rincones guapos de su gueto negro, para seguir siendo contestatario hasta el final, para ver la verdad de otra manera.

Su lírica es directa y elaborada con metáforas candentes, sus hembras tiene traseros fuertes y rotundas formas, sus héroes son de verdad aunque pertenezcan a los sueños

Como no ha sido protagonista de la vida dura, lo puede narrar sin sacrificar verdades, pregonar que lo suyo viene de alegrías y tristezas profundas que se convierten en poemas viscerales que despiertan emociones y certezas racionales. Son mensajes sincréticos de panteón yoruba, lamentos y cantos que riega con esmero para dejar sentada su presencia.

Pedro Blas, el poeta que nos genera orgullo, el que todos saludan por la calle porque es uno más de nosotros, a quien ya no se niega sino que se elogia y cuya obra ha sido recopilada por la U. de Cartagena y Mincultura, tendrá en breve sus poemas empotrados en las calles de su mil veces escudriñado Getsemaní, el barrio que lo engendró y al que observa ahora como una espuma que se evapora en el vaivén de sus transeúntes nuevos.

Es un reconocimiento que le estábamos debiendo pero puede ir más allá. Pedro Blas debe regar de manera permanente su sabiduría poética en los colegios y bibliotecas de Cartagena para bien las nuevas generaciones. Sería el Embajador Cultural del Distrito en esos espacios que tanto necesitan una voz que cultive en mentes nuevas para cosechar valores de esperanza.

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