Columna


Pensar diferente mata

EDUARDO GARCÍA MARTÍNEZ

19 de septiembre de 2020 12:00 AM

En Colombia pensar diferente se convirtió en un peligroso ejercicio de la inteligencia. Hacerlo puede llevar a la deslegitimación, el señalamiento, la amenaza y hasta la muerte. El odio parece haber reemplazado a la razón. A las formas de controversia civilizada se les cierran todas las puertas.

En esa lógica irracional se puede matar al que piensa diferente. ¿No mataron a Jorge Eliécer Gaitán por pensar diferente? ¿No hicieron lo mismo con Manuel Cepeda Vargas, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Luis Carlos Galán, Jaime Garzón? ¿No sacaron del camino a Álvaro Gómez Hurtado cuando comenzó a pensar que se podía pensar diferente?

La lista de sacrificados es interminable. La barbarie nos cubre y constatamos que en este país irracional se sigue matando en la más indignante impunidad. Una idea, una mirada, una palabra, un gesto pueden ser suficientes para encender la llama de lo brutal. Dos policías matando en Bogotá a un inerme ciudadano y luego otros más disparando a la loca para matar más gente que protestaba por el crimen inicial, muestra otra cara de la barbarie que llevamos por dentro.

Cada vez se aprieta el gatillo con más facilidad y mayor saña, y pareciera que un engendro siniestro se inoculó en la mente de quienes dan por cierto que todo en este país se puede resolver a bala. Entonces el crimen, la corrupción, el poder desviado, el narcotráfico, la desigualdad, el ataque a la naturaleza, son cosas del paisaje. Y si alguien se equivoca pensando lo contrario puede desaparecer de la vida por andar pensando diferente.

¿Qué poder está detrás de esta máquina que mata el pensamiento diferente? ¿Por qué preferimos la violencia para dirimir lo que podríamos dejar al raciocinio?

Colombia necesita transformarse en una democracia sólida y decente donde sus ciudadanos puedan trabajar y vivir, sin estar expuestos a recibir el tiro de gracia que se ha ido cincelado a fuego lento en mentes que no admiten que pensar diferente es inherente a la condición inteligente del ser humano y las contradicciones propias de la sociedad.

Es triste y desolador constatar las cifras de muertos, heridos, lisiados, huérfanos, viudas y viudos dejados por la guerra, las masacres, los asesinatos selectivos. Ningún país de América, ni siquiera los que padecieron terribles dictaduras, pueden mostrar una historia de exterminio tan brutal como la colombiana. Este país alocado donde la intolerancia echó raíces, debe dar paso a otro diferente en el que la controversia de las ideas sea civilizada y no desencadene la amenaza, el odio, el sonido de las balas, el dolor, la muerte.

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