Pertenencia

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Hace casi 3.000 años, los griegos reconocieron la importancia de sentirse parte de algo, de tener una identidad representada en las mismas costumbres, la misma lengua, los mismos dioses etc. Esto generaba la pertenencia de los ciudadanos a la polis.

Todo ser humano desea y necesita sentirse parte de algo. Esto implica sentirse identificado, compartir hábitos, adoptar normas, tener vínculos afectivos y sentimientos de solidaridad. La cohesión y pertenencia a la familia, barrio, ciudad o país es mucho mayor si se alcanza a temprana edad. Si eso no se logra se tienden a buscar sustitutos, como clanes o pandillas. Se trata de una identidad muy endeble pero, al ser la única, se torna la fuerza para confrontar a los otros, a la ciudad o a la sociedad que los excluye.

El sentido de pertenencia es una relación de reciprocidad entre las partes y el todo. En el caso de una ciudad como Cartagena y sus conciudadanos aquella debe darles a estos razones para querer ser, estar y pertenecer: una cultura (música, comida, folclor, etc.); historia, héroes y líderes que generen orgullo; además debe darles beneficios evidentes como protección, seguridad, servicios y condiciones de vida que garanticen el bienestar. Así debería generarse la percepción de que la vida es mejor que en otras ciudades y que todos, juntos, somos partes necesarias de un todo. Logrado lo anterior, viene la ganancia para la ciudad: el individuo cumplirá las normas básicas de convivencia ciudadana como respetar al vecino, obedecer las señales de tránsito, cumplir las obligaciones, etc.

Resulta utópico generar sentido de pertenencia en medio de la desigualdad, la injusticia, la falta de oportunidades y con líderes e instituciones que solo inspiran desconfianza. Es allí cuando la exclusión lleva a la solución fácil de pertenecer a pandillas o clanes familiares que toman lo que pueden, en rapiña, promoviendo el individualismo y el pillaje sin importar el bien común.

Sobran razones para querer ser y pertenecer a Cartagena: su heroica historia, sus bellezas naturales, su gente auténtica. Sin embargo, hay muchas cosas que deben cambiar. Los cartageneros hemos asumido que el cambio depende del otro y no de nosotros. El cambio debe ser de todos para que sea efectivo, eficaz y duradero. Y el punto de quiebre, ese momento de inflexión que podremos recordar como el instante fundacional del cambio puede estar a la vuelta de la esquina. En pocos meses elegiremos nuevo alcalde; será su deber reconstruir ese sentido de pertenencia con obras y amores. Es nuestro deber escoger y votar por el mejor entre esa larga lista de candidatos. Entre tanto, en el día a día, nos toca la fácil: cuidar y defender lo que es nuestro, a Cartagena, la del poeta: “Mas hoy, plena de rancio desaliño, bien puedes inspirar ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos”.

*Profesor Universidad de Cartagena

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