Pichón

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Este fue el remoquete con que la vida consagró a Guillermo Quesedo. Han pasado más de 50 años y en las calles de Manga aún ronda el alma graciosa de Pichón.

Habitaba en Campo Alegre. Los hermanos Dagoberto y Santiago Vargas le dieron posada en su taller. Su principal figuración fue en el Cine Manga, donde antes de cada película bailaba la música de Cortijo y la Sonora Matancera.

Este pequeño teatro ofrecía entradas de gancho de dos por uno y en ocasiones un hombre y cuatro mujeres. Las películas de Tarzán, las repetían ingeniosamente, les cambiaban el nombre. Los niños festejábamos el final que ya conocíamos.

También trabajó Pichón en el Teatro Padilla, donde cautivó numerosa clientela. Allí cobraba por dejar entrar menores a películas de adultos. Este procedimiento perverso le produjo buenas ganancias.

Al frente del Taller vivía Tuto Morales y enseguida los Pretelt Mendoza. Asegura Joaquín Pablo Leal, que Darío Morales dibujó a Pichón: “Eran dos cuadros, uno lo conservó el pintor y otro que le regaló a Pichón, quien lo vendió a un rico mala paga del barrio”.

Por esos días murió Pichón. El Taller congregó al vecindario, y vestida de negro hizo presencia Vicenta Díaz (La Carioca), el personaje más famoso de Cartagena en aquel tiempo. Era eficaz cobradora de cuentas, sus servicios no requerían trámites judiciales, porque el escándalo que armaba en cualquier lugar era de tal magnitud que pagarle rápido constituía la más aconsejable decisión del deudor.

Pronto comenzó el cortejo hacia el Cementerio de Manga, el cajón lo cargaban algunos jóvenes, entre ellos el Gallino Piñeres. En el Cine Manga se detuvieron. Allí el Curro Pertuz pronunció emotivo discurso y faltando pocos metros para llegar al cementerio hubo un fuerte movimiento en el cajón, y el Gallino y acompañantes lo tiraron al piso. Saltó Pichón, quien mirando a todos exclamó: “¿Eche y ustedes pa’ dónde me llevan?”. Los acompañantes salieron despavoridos pero el Papi Galofre y Platanito Pinedo lo cargaron en hombros. Siempre le tuvo miedo a La Carioca pero ese día se regresó con ella, la llevó al taller y le entregó las cuentas que tenía. Al otro día Vicenta le cobró hasta el último centavo y el mala paga del cuadro canceló con intereses. Después de varias muertes el Curro Morales le diagnosticó catalepsia, y en ocasiones, cuando iban a dar el pésame, el mismo Pichón abría la puerta.

El domingo que definitivamente murió nadie fue al cine y con su muerte llegó también el final de aquel pequeño y curioso teatro de barrio que nunca más abrió sus puertas.

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