Columna


Placebo y nocebo

CARMELO DUEÑAS CASTELL

26 de enero de 2022 12:00 AM

Placebo, en latín significa agradar. El diccionario dice que se trata de una sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo si este la recibe convencido de que posee realmente tal acción. En otras palabras, es el estímulo psicológico lo que genera el beneficio. En ello influyen, entre otros, factores del paciente y del médico.

El término tiene milenios y hace más de 300 años se usó para describir tratamientos inocuos, y otros no tanto, que solo se daban para complacer al enfermo. Por esas calendas la mayoría de tratamientos eran placebos dado que había muy pocas cosas efectivas que ofrecer; con las resultas que los médicos los emplearon a sabiendas de su inutilidad. Algo parecido ocurrió a comienzos de pandemia cuando médicos y pacientes, desesperados ante una nueva enfermedad, usaron y abusaron, algunos aún lo hacen, de medicamentos que no solo no sirven, sino que, además, tienen efectos colaterales.

Efecto nocebo es la aparición o empeoramiento de síntomas o signos de enfermedad por la expectativa, consciente o no, de efectos negativos de un tratamiento. Reacciones dañinas o indeseables que no fueron consecuencia de una intervención, sino de las expectativas pesimistas del paciente.

Esta semana JAMA publicó una revisión de 22.578 personas incluidas en el grupo placebo de los estudios de vacunas. Es decir, personas que recibieron un pinchazo de agua creyendo que era la vacuna. Casi dos tercios de los efectos secundarios atribuidos a la vacuna, como dolores de cabeza y dolor en el brazo, no son producidos por la vacuna, sino por otros factores, esto es, la respuesta nocebo. Algunos sugirieron dar menos información a los pacientes sobre los efectos secundarios; sin embargo, la conclusión debe ser muy diferente: una adecuada información y una comunicación efectiva sobre los riesgos de un tratamiento son vitales para minimizar la respuesta nocebo.

En la vida de una nación y de una ciudad puede haber placebos y nocebos. Políticos, obras, leyes, acuerdos u ordenanzas pueden generar efectos benéficos o dañinos que suelen depender más de percepciones o apariencias que de hechos o realidades. Lo dijo Maquiavelo: “Un buen ciudadano debe, por amor al bien público, olvidar las injurias personales”. Dejamos que nos manejen con placebos cuando la realidad amerita y exige verdaderas intervenciones dirigidas a curar la desigualdad, las injusticias, el deterioro social y la corrupción. También permitimos que nos conviertan a todos en nocebos, manipulados al antojo y fines del manzanillo de turno. Obama decía que “el papel del ciudadano no acaba con el voto” por estos lares, a veces, ni con el voto.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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