Plegaria por Lía Nasser Gaviria

03 de junio de 2009 12:00 AM

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Lía era una muchacha pura y limpia como el sol de la vida que despuntaba en sus amaneceres; como el rocío que el alba esparce entre las hierbas verdecidas de la primavera y el sol vuelve delgadas láminas de plata. Lía era una muchacha que iba y venía por la vida con la alegría de las golondrinas. Y como los gorriones, aleteaba incesante exaltando la vida. Y cantaba como los gorriones la libertad de vivir; de amar. De sentir sin límites el amor. Y su amor era un vuelo; largo e intenso. Un vuelo sobre el viento de la esperanza que fecundiza en vida y se irradia cálido y pleno de ilusiones. Pero las ilusiones son lágrimas también. Y ese vuelo intenso trocase en llanto. Y en barro mortal, la esperanza. Y en esencia las presencias. Y el viento en el que cabalgaba aquel sonoro canto de vida tornase en lacerante graznido de pesadumbre; en ruidoso aletear de pájaros negros cuyos picotazos desgarran sin piedad el alma y ponen sobre ella el huevo de la desolación. Y puso la muerte en Lía el huevo de la desolación. Y fecundó en nosotros la tristeza. Y el odio y la rabia, porque somos humanos y no nos da vergüenza odiar la muerte. Y odiar a sus anunciadores y a sus corifeos y a sus danzantes. Y señalarlos y condenarlos con el mismo dedo que un día, un instante atrás quizá, señaló el camino de una amistad que ignoraba los atajos por los que ya transitaba la ponzoña de la traición vil; la podredumbre de alma del traidor. Este es día, oh Dios, en el que quisiéramos gritar con el poeta e increpar tu indiferencia. Y señalarte con el “dedo deicida” y decirte, Dios aposentado en nosotros desde el primer día de la creación, Dios heredado de nuestros padres: “hay ganas de…; no tener ganas, Señor. Ganas de no tener ganas de seguir caminando entre tanta maldad y ultraje; de no dejar piedra sobre piedra hasta encontrarla y golpearla y verla con nuestros propios ojos exhalar su último suspiro y sucumbir para siempre. No te ofendas, Señor, con nuestra rabia, más bien entiéndela y danos la razón. Y si quieres librarnos del pecado de la venganza, se tú el vengador; el ángel exterminador de esta maldad que nos arranca sin piedad jirones de alma. Hoy, igual que a nosotros, debe dolerte el corazón, y hasta tolerarías que te dijéramos que no sabes ser Dios; que cometes fallas que ni tú mismo te perdonas; que te asaltan en tu buena fe de viejo olvidadizo y desprevenido; que pasas por alto las tropelías y los abusos contra tus criaturas. Y vuelvo a increparte con el poeta; dolido en el dolor de todos: Dios mío, si tú hubieras sido hombre, Hoy supieras ser Dios; Pero tú, que estuviste siempre bien, No sientes nada de tu creación. Y el hombre sí te sufre: el Dios es él. Y no te quedes mudo, ni te hagas el sordo, si vuelvo a increparte con el dolor de todos. Del padre y de la madre, del hijo y de la hija, del poderoso y del débil, del individuo y de la sociedad, de la moral y la ley, de la incredulidad y la fe: ¿Por qué, Dios mío, dejaste asomar los ojos de la muerte en Lía? elversionista@yahoo.es

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