Columna


Por suerte no era de whisky

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

24 de noviembre de 2020 12:00 AM

El día 9 de noviembre de 2020 un grupo de amigos departía con entusiasmo en el barrio Calatrava de Itagüí en Antioquia, como es común en las reuniones sociales se libaron copas. En honor a la región el aguardiente era el más idolatrado invitado y no es por proveer elegancia para estas líneas, en verdad sin ese néctar de los dioses la reunión no tendría sentido. Uno de los contertulios fue en búsqueda de reabastecimiento etílico y procurando que fuera suficiente echó mano de una garrafa, con el infortunio de zozobrar en el retorno, pues, aquella botella se le resbaló rompiéndose en mil pedazos, los mismos que se reagruparon mágicamente en una especie de florero de Llorente, figurando como el principio de la más inaudita discordia.

La extraña pesadumbre que produjo el alcohólico accidente desencadenó en los “amigos” que esperaban la bebida, un violento y desmedido ataque a puños, patadas y palos en contra del desafortunado comisionado. La arremetida fue tan brutal que le produjo la triste muerte casi que de manera inmediata; ni la rápida presencia de la autoridad, ni los gritos desesperados de la madre que pedía auxilio, pudieron evitar el fatal desenlace, aunque sí lograron la captura de las dos mujeres y tres hombres que, al verse con el tragadero seco y los bolsillos limpios, embriagados por la ira e intolerancia, propinaron la mortal golpiza.

Hechos como estos parecen de película, resulta incomprensible cómo, por un motivo tan insignificante, se apague la vida de un ser humano. Pero así somos, derrochadores de un ilimitado odio hacia el otro, aquel que provoca, por circunstancias como la narrada y otras de igual calibre, que la estadística de homicidios no disminuya. De suerte que el botellón resquebrajado no era de whisky, de serlo, no dudo que toda la familia del difunto le acompañarían hoy en el más allá.

Definitivamente la situación de nuestro país supera con creces la ficción, es tanta la maldad circundante que es imposible no verla en cada representación de la vida diaria, es una lástima que el amor, la hermandad y la tolerancia solo apliquen para la poesía, esquelas y discursos emotivos, en la realidad parecemos caníbales hambrientos tratando de lacerar de cualquier forma al prójimo o sencillamente deleitarnos con su desventura. Estamos llenos de casos horripilantes, nos quedamos esperando que, con el paso del tiempo y el avance hacia la modernidad, la civilidad nos arropara acercándonos al cambio para bien, pero se observa todo lo contrario, un clima de malignidad desmedida que nubla el optimismo. A pesar de todo no debemos perder la fe en la humanidad, solo nos queda aferrarnos para no caer en la total desesperanza.

*Abogado.

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