“Por sus frutos los conoceréis”

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Con estas palabras famosas de Jesucristo, quiso el evangelista Mateo introducir una variable de medición aplicable en muchos casos a nuestras decisiones de vida. “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).

¿A qué se refería? ¿Sus frutos? ¿Cuáles frutos? Y podría decirse que nuestros frutos son nuestras acciones, lo que hacemos, resultados de nuestras decisiones, las cuales son del orden espiritual, de consciencia y corazón. Los frutos que nosotros esperamos degustar deben tener las características de frescura, buen sabor y textura pero, ¿podría ser posible un buen fruto si el árbol que lo produce está plantado en la sequía? ¿Si no hemos abonado sus raíces o no lo hemos conservado a la temperatura adecuada después de desprenderlo del árbol? Claro que no podrá ser un buen fruto si no se cumplen las condiciones mínimas de cuidado en la siembra, cosecha y preservación, como tampoco podremos tener buenos frutos de vida si a nuestros corazones no lo abonamos con los fertilizantes de bondad, humildad, caridad, amor y perdón. Hace mucho tiempo, el sabio rey Salomón escribió: “Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su conducta fuere limpia y recta” (Proverbios 20:11).

Yo me he sugerido y me atrevo a sugerir al lector efectuar un ejercicio individual y privado. Ojalá con teléfonos apagados en medio de la soledad, pensando en el hacedor del mundo y rector de nuestras vidas o en su defecto lo que dicte tu consciencia y preguntarnos: ¿Qué acciones he realizado que contengan actos bondadosos, sanos y puros? ¿O qué otros tantos he realizado con sabor a egoísmo, impureza, codicia o impaciencia? ¿En qué condición me encuentro? ¿Qué mostramos a los demás? ¿Cuáles son los frutos de nuestra vida hasta ahora? Valdría la pena diferenciar los frutos materiales y físicos de los frutos invisibles del amor y la acción.

Calificamos a todo árbol por sus frutos: las ricas papayas, las dulces naranjas, las deliciosas ciruelas, los jugosos mangos. Siempre son los frutos los que llaman la atención. Y así es en nuestra vida espiritual, donde son los frutos lo que se tiene en cuenta. Son las buenas obras que tenemos que hacer; no las buenas intenciones ni la fe que no se puede ver. Las espontáneas y visibles acciones que tú y yo tenemos que hacer, a esas me refiero; esas que no vienen del literato, empresario, estudiante, educador, político, comunicador entre otros. Me refiero a la acción que sin el título debe salir del ser humano para conquistar justicia, equidad, solidaridad e inclusión, situación posible y más fácil de lograr bajo la matriz del ejercicio cristiano. Tenemos que cobijarnos como un día habló Jesús a los fariseos: “Publicanos, escribas, hay un reino que no es de este mundo pero se llega a él cuando atendemos al hermano más pequeño del mundo en que vivimos”.

*Concejal de Cartagena

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