Prioridades y convicciones

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Nadie tiene el suficiente poder para represar, indefinidamente, la justicia y la equidad que, como la creciente de un caudaloso río, fertiliza aún a los más áridos desiertos. Y es que todos fuimos creados con los mismos metales preciosos utilizados para fabricar las constelaciones. Y estamos aquí y ahora buscando, incansablemente, la luz y huyendo de las tinieblas, dispuestos a construir un país donde la cosecha de maestros, trompos, barriletes, sonrisas y pupitres, supere con creces el silencio de la mordaza y los aullidos de la metralla.

Creo merecer un paisaje primaveral sin ningún tipo de exclusiones; una educación pública de colores brillantes que ilumine la ciencia y la conciencia y una salud integral, sin perendengues, sin barreras de lágrimas y espinas. Una justicia recta como el roble, sin dobleces, donde el que la haga la pague detrás de gruesos barrotes, no en faraónicas mansiones, obligando a esos cínicos rufianes a pudrirse en la cárcel y a devolver cada uno de los centavos del infame raponazo.

Embejuca el alma el despilfarro de los recursos del Estado repartiendo, a diestra y siniestra, opio de balones y fandangos, mientras miles de familias agonizan en medio del fango y la miseria.

¡Como duelen esas esquinas repletas de pordioseros! De ‘limpia-vidrios’, fleteros, trapecistas y prostitutas de todas las edades y pelambres, ofrecidas por unos cuantos centavos al peor postor.

¿Qué estarán esperando para construirles refugios dignos a todas esas madres abandonadas en los pretiles, repletas de hijos y sufrimientos? ¿Quién debe fabricar, cuanto antes, los hogares que faltan donde los abuelos sin familia ni techo, despierten tranquilos, a sabiendas que tendrán un café con leche al alcance de sus labios y una cobija con su almohada para mitigar el abandono y rumiar los sufrimientos?

Anhelo una patria donde nos abracemos fraternalmente sin dispararnos los unos a los otros. Un lugar sin cizañas ni rencores donde los padres no sepulten a sus hijos.

Tengo derecho a un país de campesinos que esperen, sin temores, el parto de la ahuyama, de la mazorca biche y de la yuca harinosa. Exijo que el agua permanezca pura como lecho de doncella, el aíre sin brizna de ponzoña y el mayor de los respetos a cada gota de sudor y a los derechos adquiridos del obrero.

Ando en búsqueda de una sociedad pacífica que pondere al cantor descalzo, al líder soñador, al Maestro sin fronteras y jamás al estruendo de los decretos del ministro Carrasquilla.

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