Quimeras

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Entre las quimeras más hermosas que han perturbado a la humanidad está la de la eterna juventud. La búsqueda de esa fuente milagrosa causó sufrimientos a Ponce de León en los pantanos de la Florida.

En las ansias de juventud y vigor tenemos recetas. Los japoneses amantes del pescado le dan un tinte científico al omega 3 que este contiene. En El Carmen de Bolívar el aguacate, mientras en San Juan Nepo el ají chivato en el célebre “machucao”, trae prodigiosos resultados.

A la humanidad ese sueño la ha trastornado irremediablemente. Pero ha sido nuestra época la que ha exaltado a la juventud y sus valores con tal frenesí, que ha hecho de ese culto una superstición. Nunca se había envejecido tanto y tan rápido como ahora, o por lo menos eso sentimos quienes lo “vivimos”.

En la literatura el tema cautivó a muchos, pero en especial a dos pesos pesados, Goethe y Wilde, buzos del alma y emprendedores de la palabra. Fausto y Dorian Gray no se apartan de la oralidad africana cuando se consagra el rito a Mandinga. Las diferencias son frases y sonidos, la esencia permanece.

Algunos seguimos pensando en horizontes donde el crepúsculo es alba, y los ocasos anuncian un amanecer. Los abuelos veían con temor al futuro, y contra él ensayaban conjuros mágicos. Nosotros más tontos, daríamos cualquier cosa por conocer un tiempo que nunca veremos. Volvemos a la época de la infancia, que es la de la imaginación, que siempre ha sido “el alma de la naturaleza”, según Wordsworth.

Nos quejamos de la vejez, pero no peleamos con mucha fuerza: “Cuando te llega la adversidad en forma inevitable, cuanto más te demores por aceptarla más sufrirás”, decía el viejito Seneca.

Con la madurez se viene un proceso de repensar años idos, de revisar errores en conductas y estrategias. La memoria que sirvió para aprender, se inclina ante los recuerdos. Los jóvenes tienen sueños y anhelos, que con los años se convierten en recuerdos y nostalgias.

La juventud es hermosa, irreflexiva y eterna porque en ella no se piensa en la vejez. Cuando asoma esta certeza intentamos confortarnos del deterioro con la estupidez de la experiencia deformados para mejorar la autoestima. La memoria cuenta con un dispositivo que supera los computadores. Automáticamente borra los más desagradables pasajes vividos y mediante un “virus” indulgente hace más tolerable ese fardo de recuerdos mentirosos que repetimos con sublime ingenuidad.

En materia de amor por ejemplo, es bueno observar cómo los “mayores” nos ufanamos de la buena suerte en el amor. Mientras los adolescentes se quejan del sufrimiento que les depara el culto a Venus.

Los poetas, eternos jóvenes, lloran con el alma rota cuando consagran que amar es sufrir, diciendo que amor es la cantidad de dolor que se puede sentir por otra persona.

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