Columna


‘Rapi-consulta’

HENRY VERGARA SAGBINI

12 de febrero de 2024 12:00 AM

Conversar con Ramón Zetién Santoya, licenciado en Biología y Química, pedagogo aquilatado, constituye enorme privilegio: dejó su impronta en cada uno de quienes fuimos sus alumnos durante incontables generaciones.

A sus 87 años bien vividos, ‘Moncho’, como prefiere lo sigan llamando, se hizo famoso no solo por sus profundos y sólidos conocimientos académicos, también por la capacidad de motivar a todo aquel que se le acercaba, encontrándole el lado amable a las situaciones calamitosas de la frágil existencia humana y salir airoso sin amarguras ni cicatrices: “Siempre, ¡Siempre...! se puede empezar de nuevo”, fue su himno, invicto en miles batallas.

Memoria prodigiosa, capaz de saludar, nombre, apellido, incluyendo remoquete, a todos los alumnos que pasamos por sus manos durante medio siglo de ardua y gratificante labor pedagógica.

Nos conocimos cuando fue nombrado rector del extinto Colegio ‘Ignacio Arrázola Ahumada’, en Calamar, mi pueblo natal, y años después, al tomar las riendas del arisco y deslumbrante Liceo Bolívar, en Cartagena, obstinado en esparcir semillas de competencia, dignidad y optimismo en cada muchacho, por humilde que fuera, propiciando el germinar de sus propias y vigorosas alas.

Jamás tragó entero: lúcido, repentista y suspicaz, la última vez que nos encontramos salía meditabundo de un centro médico. No entendía lo ocurrido durante la cita de control a sus achaques y dolencias. – “Explícame, por favor, el contenido de estas siete páginas que me entregó tu colega al final de la consulta”. Tardó solo 15 segundos, con sus ojos inamovibles en la computadora, no permitió que me sentara, me observó de la cabeza a los pies, verificó mi nombre, cédula e inmediatamente imprimió la fórmula médica y copia electrónica de mi historia clínica.

- “¡El próximo!”, ordenó a la enfermera quien me condujo presurosamente al pasillo con media docena de preguntas que, seguramente, el galeno adivinó mientras me esculcaba a la velocidad de la luz. ¡Quince segundos le bastaron para evaluarme y al mismo tiempo consignarlo en la historia clínica digital y entregarme la copia! ¡Magia pura aplicada a la ciencia de Hipócrates y Galeno! Sin ponerme las manos encima, no le faltó un solo detalle: presión arterial, temperatura, frecuencia cardiaca y respiratoria; peso, talla fondo de ojo, oídos; exploró mi cuello, garganta, pulmones, corazón; abdomen, varices, verificó insensiblemente cada uno de los reflejos y dejó constancia de mi estado mental.

Jamás había visto al profesor Ramón Zetién tan aturdido y preocupado, razones no le faltaban:

- “¿Cómo voy a explicarle a mi esposa Rosina, a mis hijos Boris, Raymundo, Rory, Jaime, Mirian, Helbis y Neyla, lo consignado al final de la historia clínica?”: gravidez positivo, citología vaginal sospechosa y nódulos en la próstata, ¡lo juro!, sin bajarme el pantaloncillo.

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