Releer

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Ahora, con la casa por cárcel, se me ha dado por pensar que no sé leer; o, por lo menos, no leo como se debiera, como lo hacen aquellos eruditos que se ufanan de tener cientos de libros bien organizados en un cuarto de su casa, destinado únicamente para ello.

Me imagino que a todos los que nos atraen los libros, pero que no sabemos leer, nos sucede siempre lo mismo: terminamos de devorar doscientas o quinientas páginas y enseguida pensamos en darnos una pasada por las librerías, a ver qué novedades han llegado o cuál reedición de algún libro viejo han enviado las editoriales.

Entre otras cosas, para los amantes de los libros, el visitar librerías resulta ser una especie de orgasmo en el que no solo se miran los títulos. También se respira el olor de las páginas y se disfruta palpando la textura de la portada y las hojas interiores, aunque finalmente dejemos con un palmo de narices al dependiente que nos saludó en la entrada, nos preguntó qué pediríamos y nos sigue vigilando con la mirada, mientras construimos nuestra orgía personal con los empastados, de los cuales es probable que solo apuntemos el nombre del que nos llamó la atención y regresemos a comprarlo a final de mes.

Pero, ya que no se puede salir, quienes no sabemos leer incluimos en nuestra agenda del día la relectura de un volumen que creímos haber leído hace más de veinte años. Mas, echándole una nueva hojeada, nos damos cuenta de que tiene cosas que nunca vimos en esa primera “lectura”.

De esa forma, los libros viejos de repente se transforman en nuevos y hasta nos obligan a apuntar esas frases impactantes, que pasaron por nuestras narices sin que nos percatáramos.

Tratando de dar luces sobre este fenómeno, un personaje de Cepeda Samudio le explica a una amiga lectora que lo que pasa es que los escritores (se refería a Faulkner, específicamente) aprovechan la noche, o la madrugada, para meterles frases o pasajes nuevos a los libros, con tal de desconcertar a sus adeptos, asaltos que no pueden cometer en las librerías, porque las dejan herméticamente seguras.

Si es así, entonces creo que el filósofo Baidaba viene en la madrugada y le escribe cosas nuevas al “Calila y Dimna” que me regaló mi abuelo a mediados de los 80. Seguramente, Emil Ludwig aprovecha para mejorar algunos pasajes de sus biografías. Rulfo hace lo propio con “El llano en llamas”; y Julio Ramón Ribeyro reescribe su “Solo para fumadores”.

En ese trance es muy probable que uno termine asesinando a esos autores que lo asombraron en la adolescencia, pero que ya no alcanzan a despertar nuevas fascinaciones entre la maraña de experiencias, que han llevado a otras lecturas y, desde luego, relecturas. Pero se les agradece el aporte.

*Periodista.

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