República de Bocagrande

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El 28 de noviembre, durante una marcha pacífica con antorchas, el periodista Rafael Bossio desenvainó su cámara fotográfica, apuntó hacia el Camellón de los Mártires y capturó una imagen espeluznante: de pie, con pancartas y fuegos mansos en las manos, una multitud de cartageneros se agolpaba contra un cerco de vallas metálicas ensamblado por la Policía. La escena poseía todos los atributos de un siniestro paso fronterizo. Por un lado estaban los marchantes, que ese día habían salido de sus casas para exigir un gobierno más justo y menos insensible, y por el otro se encontraban los agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios, rodeados de luces rojas y una tanqueta blindada. A estos últimos les habían dado la orden de reprimir a cualquier persona que intentase avanzar hacia Bocagrande, uno de los barrios más exclusivos de Cartagena.

Bossio, un tipo tranquilo que en las manifestaciones sólo dispara su cámara, escribiría luego en su cuenta de Facebook: “¡Bocagrande no se toca! Que nos quede claro a los hijueputas negros, flojos y brutos que vivimos de la Popa pa’ allá”. Aquella noche, muchos cartageneros se acostaron en sus camas diciendo otras frases similares. “En Bocagrande no se puede marchar porque es una ciudad distinta”, comentó un profesor de filosofía; “Hay una ciudad para los ricos donde no es posible protestar y otra para la gente de los barrios populares que es la que soporta las injusticias”, dijo un líder estudiantil. Antes de acabar el día ya se había vuelto viral una ilustración de un mapa en el que los límites territoriales de Cartagena llegaban hasta el Muelle de la Bodeguita, puesto que más allá comenzaba la República Independiente de Bocagrande, integrada por la Federación de El Laguito y el Principado de Castillogrande.

Todo esto daría risa si no fuera por la abominable conclusión que nos deja: en Cartagena, los ciudadanos estamos más próximos al exilio que al arraigo de nuestra tierra. A medida que pasan los años, sobre todo en contextos clasistas y reaccionarios como los que estamos viviendo, se nos han ido acabando los espacios para las movilizaciones sociales. La idea es quitarnos paulatinamente a la ciudad: primero las avenidas principales, luego las plazas y parques, después las calles secundarias y barrios residenciales, y así hasta convertir el derecho constitucional a la protesta en un ejercicio que no incomode a nadie. Qué más quisiera un gobierno mezquino e indolente que una población indignada en las cuatro paredes de sus casas.

Las marchas pacíficas no son violentas pero son contundentes, y esa contundencia consiste en el poder de los marchantes para decidir sus propios caminos. Si hoy nos impiden marchar a Bocagrande, ¿qué otros barrios nos bloquearán mañana?

*Escritor.

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