Rescatemos lo ético

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Hace unos días caminando por el Centro, vi que unos policías sacaban de una estación de Transcaribe a un joven esposado. Le pregunté a alguien sobre los motivos de la captura, y me dijo: “Lo mismo de siempre, se quería colar sin pagar”.

Fue entonces cuando pensé: ¿Qué hace diferente a un alemán que se monta en un bus donde nadie verifica si pagó por el tiquete? ¿Saben lo que eso significa? Que en Alemania las personas van sentadas en un bus con la consciencia colectiva de que pagar por ese servicio es lo correcto, y es tan consciente, que no necesitan que alguien lo controle.

O por ejemplo, ¿qué hace diferente a un japonés, que si al llegar a la estación del metro (y está lloviendo), toma un paraguas de un dispensador público, lo lleva a casa y al día siguiente lo regresa al dispensador? Imaginas qué sucedería acá, si existieran dispensadores de paraguas para el uso de todos.

O ni hablar de las Honesty box que utilizan los ingleses para vender productos a las afueras de la fincas. Las personas pasan, toman lo que les interese de la caja y dejan el dinero de acuerdo al precio que anuncia el letrero, es más, si necesitan vuelto, ellos mismos se lo cobran.

Increíble que esas cosas funcionen en otras latitudes, porque por acá la consigna parece ser todo lo contrario: la ley del más vivo. El que le cobra a un turista cuatrocientos mil pesos por una bandeja de pescado, el que no respeta las normas de tránsito, el que destruye los bienes de uso público, el que bota la basura a la calle, el que se orina en las murallas y hasta el que factura pechugas a cuarenta mil pesos, para beneficiarse de la alimentación de unos niños.

La diferencia, la hacen dos palabras: cultura ciudadana. Que no es más que la aplicación de la ética, la urbanidad, el civismo y las buenas costumbres en todas las expresiones públicas y privadas.

Por ello, creo que tanto las autoridades como nosotros debemos ser conscientes de que es urgente la inclusión de la cultura ciudadana en lo cotidiano.

Y eso, como todos los procesos culturales, se fomenta y se aprende (no es innato al ser humano, no brota de manera natural como las plantas, no se puede aplicar por decreto) sino que se construye a través de campañas pedagógicas que cambien los imaginarios colectivos y generen sentido de pertenencia, confianza y respeto.

Mockus sostenía: “La cultura ciudadana es el eje transversal de las ciudades para vivir mejor, empoderar al ciudadano y salvar vidas”.

Por ello, si realmente queremos cambiar las formas de convivencia, lo primero que tiene que cambiar son las conductas de los ciudadanos. Y eso solo se logra con educación, autoridad, ejemplo y equidad.

*Abogada y analista política.

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