Respirar nos hace iguales

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Todo comenzó con un sueño romántico en la alcoba matrimonial de una ciudad de cristal, que luego terminó en el exterminio de los habitantes de Marte por cuenta de un patógeno terrestre que se difuminó en el aire. Es una de las líneas argumentales de Crónicas Marcianas, uno de los libros de cabecera para quienes amamos la ciencia ficción. Con estos intereses artísticos de base, las noticias de China e Italia me parecían historias fantásticas que sucedían en otra dimensión.

Pero el virus llegó, se extendió y nos tiene confinados desde hace dos meses. Lo que creía ficción se convirtió en realidad. En este lapso de aislamiento social esperábamos que la ciudad se alistara para atender los requerimientos locales de salud pública de la pandemia mundial, con la razonable aceptación de la progresividad en la cobertura universal del derecho a la salud que se podría exigir en nuestro contexto institucional.

Este tiempo ha sido frenético en eventos, entre muchos, renunció el director del Dadis, nos visitó el ministro de Salud y anunció su retiro la gerente de Ciudad; el alcalde ha estado omnipresente en los medios de comunicación y en las redes sociales; en reciente declaración a una periodista bogotana dijo que el humo que salía de uno de los crematorios habría asustado a los habitantes de los barrios vecinos y que él esperaba que este susto nos disciplinara a todos para que evitáramos el contagio.

Tendríamos que deducir que para nuestro burgomaestre el miedo es un cerco epidemiológico eficaz. Pero no es cierto; por el contrario, es un elemento perturbador que amenaza nuestra salud, ya comprometida por la ausencia de bienestar físico, mental y social que viene generada por la pandemia. Y es que la salud es un conjunto equilibrado de atributos humanos; por esta razón, también son enfermedades nuestras incertidumbres, alteraciones, fragilidades, soledades, violencias y un largo etcétera que han sido generadas por la pandemia. Los expertos en salud mental aconsejan que respiremos de manera consciente para recuperar la paz interior. El olor que expele la chimenea de un cementerio no es el aroma de sándalo del pebetero ideal de los enseres de meditación. Hoy necesitamos resultados concretos y medibles en salud pública y también sabiduría acompañada de palabras sensatas que transmitan lucidez y credibilidad.

Hemos percibido en concreto y en las condiciones más adversas, el concepto abstracto de la salud como derecho universal, con sus atributos de disponibilidad, accesibilidad, calidad y no discriminación. Estamos dispuestos a compartir lo que tenemos para garantizar que los que lleguen a enfermar, tengan la mejor atención posible: hoy respirar nos hace sentir iguales. Es triste que también nos iguale la angustia de saber que aún no hay camas hospitalarias ni respiradores suficientes que nos impidan morir asfixiados por el COVID-19.

*Abogada. Doctora en Historia y Artes.

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