Retos de la educación

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El debate sobre la educación, por estos días, es la presencia en las aulas. Aunque es evidente que la virtualidad nunca podrá sustituir el contacto humano, no se debe caer en los extremos de considerar, por un lado, que en la virtualidad es imposible lograr una educación de calidad y, por otro, lo que es peor, que la presencialidad resuelve todos los problemas de la educación en nuestro país.

Quisiera recordar que la educación, en su sentido originario, griego (como areté o paideia), remite a la idea de excelencia humana, a la imagen del hombre que “debe ser”, a la belleza, en sentido normativo del ideal anhelado (Jeager). Educar, entonces, presupone dos fines: primero, transmitir un saber (virtudes intelectuales) de tipo teórico o verdadero (episteme), técnico o útil (techne), práctico o de lo correcto u opinable (endoxa) y, segundo, formar al ser humano (virtudes éticas), para que su vida sea armoniosa y equilibrada, buena (ética) y bella (estética), de allí la idea de una estética de la existencia (Aristóteles).

Hasta el siglo XVI, estos propósitos se compilaron, de manera unitaria, en la idea de filosofía. En el XVII y XVIII, como consecuencia de la revolución científica e industrial, se distinguió entre ciencias (puras o teóricas y aplicadas o útiles) y filosofía (saber práctico y opinable) y, en el XIX, entre ciencias sociales (saber práctico) y filosofía (opinión), relegando la virtud a la ética privada de la naciente burguesía. Este es el esquema epistémico que asumió el sistema educativo decimonónico, cuyo ideal fue el de preparar al individuo para la sociedad industrial, lo que exigió jerarquizar (matemáticas y lenguas) y excluir (humanidades, artes, la ética) saberes, así como establecer patrones de repetición, memoria, linealidad y estandarización; desafortunadamente, este es el modelo que ha perdurado hasta el siglo XXI, un modelo anacrónico que choca con la sociedad postindustrial y postmoderna que vivimos. Este es realmente el debate de fondo.

Actualmente, es contraevidente –aparte de irresponsable- defender el retorno a las aulas, de manera que debemos aceptar esta “nueva normalidad”, pero también reconocer que el futuro es hoy, el futuro del cambio tecnológico, social y humano, que impone desafíos para la educación, particularmente, la de los más jóvenes, quienes deben contar con habilidades y competencias para desempeñarse en empleos que aún no existen. Esto exige, al menos, un debate sobre un currículo más flexible y planes de estudios más simples (cognitivamente), que faciliten la adaptación al cambio, pero, especialmente, sobre el lugar y la relevancia de las humanidades, las artes y las competencias socio-emocionales, retomando ese ideal griego de una vida bella, equilibrada, virtuosa.

*Decano de derecho de la Universidad de Cartagena.

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