Retrato de Yaya

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Yaya, como la mayoría de las abuelas colombianas que lo son desde el siglo anterior, vive de sus hilos. Tiene en su alcoba una máquina de coser que funciona con pedal y cuyo ruido vespertino parece el de los pájaros carpinteros taladrando los robles rosados de la ciudad.

Con ella ha remendado fundillos rotos y le ha hecho sisas a las camisas grandes, ha restaurado faltriqueras y entubado bluyines de botas anchas. Cuántos pantalones no se habrán salvado del desuso por sus dobladillos fantásticos. Cuántos botones no estarán agradecidos por haber retornado a los párpados del ojal.

A la casa de Yaya van las ropas heridas de muerte y ella las devuelve con las costuras ilesas, a veces transformadas en otra prenda porque la tela, dice, también reencarna. Es un milagro textil en el que los vestidos se convierten en faldas, los pescadores en shorts, los buzos en suéteres y los suéteres en camisillas. Sólo ella sabe cómo diablos dos metros cuadrados de popelina se transmutan en la casaca de un pirata o el chaleco de un explorador.

Esas cosas, sin embargo, no son su mejor hazaña en su oficio de modista. Los prodigios que resultan de los hilos de algodón no pueden compararse con los que son producidos por los hilos de la sangre. Y mi abuela es una experta en estas labores sanguíneas. Cada domingo, antes de la vida solitaria impuesta por el virus, ella tejía a sus hijos, a los hijos de los hijos, y aun a los bisnietos, en un mismo lienzo familiar. Entonces el hilo que usaba estaba hecho de gallina guisada, arroz de frijolito, mote de queso, pescado frito y ajiaco de carne salada. Tenía una aguja rica en chismes y grasas suculentas que atravesaba a las visitas y les bordaba en el pecho un bolsillo donde luego cabían todos los recuerdos de la reunión.

Ahora Yaya se pregunta si es posible hilvanar un árbol genealógico en la distancia. Cómo zurcir a los ausentes, cómo enhebrar los filamentos de aquellos que se han ido alejando de su mundo. Mientras intenta responder a estos interrogantes, teje un vestido para ella confeccionado con todas las hebras sueltas del pasado. No es mucho, pero es algo.

La Penélope de la Odisea tal vez hizo un acto parecido. Sola, viuda, hipertensa, mi abuela acude a los trapos húmedos de la nostalgia y se hace con ellos un atuendo azul estampado de caras. Así cubre su soledad, que siempre está desnuda en todos nosotros cuando aparece, y espera el regreso de los domingos en los que el arte de coser y remendar pueda ser el de antes.

Si tiene buena suerte verá en los rincones polvorientos a las arañas. Notará que, a veces, también ellas sólo atrapan gotas de agua en sus redes.

*Escritor.

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