Revisionismo

03 de diciembre de 2011 12:00 AM

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La alegre y colorida celebración de los 200 años de la Independencia absoluta de la provincia de Cartagena (primera en Colombia y segunda en América) opacó la elección de la reina nacional de la belleza durante las fiestas del pasado 11 de noviembre. En buena hora las efemérides patrias recuperaron su sitial.
La alcaldesa saliente luchó durante su mandato por valorar el mayoritario componente de color cartagenero, históricamente presa de divagaciones populistas. Loable propósito en una ciudad racista sin serlo, cuya variedad de tintes oscuros la segrega en múltiples estratos, herencia de categorizaciones coloniales, con profundas desconfianzas entre las gamas. Como parte de este esfuerzo, y con moderado soporte académico en contravía de historiografía tradicional que lo relegaba a un pie de página, se ha relievado este año la participación del pueblo en las gestas de la Independencia. Sea.   
En el proceso, sin embargo, se subsumió el Acta de Independencia en una asonada nacida del corazón de Getsemaní y liderada por un mulato notable (probablemente cuarterón o quinterón). Despacito. El simplismo en historia es tan dañino como las omisiones, buscadas o no.
La independencia de Cartagena fue ante todo un fenómeno de élites aunque con participación de otros estratos. En la pequeña ciudad un tercio blanca con íntimas relaciones clientelistas que permeaban toda su población, el pardo Pedro Romero, acomodado herrero y fundidor de la maestranza de la Armada con taller propio y fuero militar, fue vital copartícipe desde Getsemaní. Tanto más cuanto la élite, aún la presta a tomar distancias de España, se dividió prontamente en facciones que pugnaban por el poder local. ¡Ah! la condición humana que tan bien entendía don Sancho Jimeno, el héroe de Bocachica en 1697.
Los hermanos Gutiérrez de Piñeres resentían la preeminencia de José María García de Toledo en la Junta de Gobierno, quien había sido gestor de su constitución en junio de 1810. De allí en adelante, la historia echó a correr: se reprimió el intento de secesión de Mompox donde la sangre ahondó las diferencias con los Piñeres y se debeló una contrarrevolución casi que con la sola intervención del anciano brigadier criollo Antonio de Narváez.
Para noviembre de 1811, cuando las Cortes de Cádiz habían ya negado representatividad a los americanos afrodescendientes, la cuestión no era si romper o no con la endeble Regencia de una España en las garras de Napoleón; se discutía apenas el cuándo. Germán Piñéres proponía a la Junta reunida en el Palacio de Gobierno la independencia absoluta inmediata que incomodaba a García de Toledo. Su hermano Gabriel fraguaba la revuelta acolitado por el Tuerto Ignacio Muñoz.
Por ahí nació la asonada de Getsemaní, con las arengas del libertario cura Omaña en la plazoleta de San Francisco y el encuadramiento por milicias sonoramente bautizadas “Lanceros de Getsemaní” acaudilladas por don Pedro, suegro por la belleza de sus hijas y la dote que aportaban, de lo más atildado de la sociedad cartagenera (Muñoz entre los yernos). Había tenido, sin embargo, que humillarse a principios de 1810 para que mediando compensación pecuniaria “gracias al sacar” a la Corona, su hijo, considerado pardo, pudiese acceder a estudios superiores. Eso nunca más volvería a suceder y fue base de la sólida alianza entre las élites y el pueblo de Cartagena.
Aprobada la constitución de la provincia soberana en junio de 1812, por cierto, los Piñeres se hicieron al poder.

rsegovia@axesat.com

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