Columna


Ronquecito

FIDEL A. LEOTTAU BELEÑO

05 de diciembre de 2012 12:00 AM

FIDEL A. LEOTTAU BELEÑO

05 de diciembre de 2012 12:00 AM

Dos carreras empujadas por Ronquecito López y dos por Armando Crizón, bastaron para que Petaca Rodríguez le ganara a México en el debut de Colombia en la IX Serie Mundial de beisbol de 1947, cuando los criollos, la fanaticada y la ciudad estrenaban el estadio 11 de Noviembre. La nación entera celebró el primer título mundialista del deporte nacional.
Ambas veces que Colombia fue Campeón Mundial de beisbol amateur, Cuba no participó y los managers fueron cubanos: Pelayo Chacón en 1947 y Tony Pacheco en 1965. El fantasma de Carlos Petaca Rodríguez, quien le dio dos blanqueadas a Cuba, veinte ceros en dos partidos, en los Centroamericanos de 1946, en Barranquilla, fue la piedra en el zapato de los cubiches. No fueron a la IX Serie Mundial en Cartagena, alegando que “Petaca” Rodríguez era profesional porque jugó en Panamá al lado de Teddy Moore, jardinero de los Cardenales de San Luis. En 1965 Cuba no asistió a la XVI Serie Mundial en Colombia. El gobierno negó el visado por estar rotas las relaciones diplomáticas.
Fueron épocas gloriosas con nombres como Julio Flórez, Marcial Miranda, Carlos Bustos, Humberto Vargas, Andrés Cavadía, Miguel Ramírez, Julián de Avila, Isaac Villeros, Carlos Rodríguez, Néstor Redondo, Cipriano Herrera, Manuel Peñaranda, Andrés Flórez, Enrique Hernández, Dagoberto López, Ramón Herazo, Pedro Miranda, Armando Crizón, José Araujo y Rubén Bonfante, conducidos por el Pelayo Chacón. Ellos le dieron la presea mundialista a nuestro país.
A mediados de los 50, la pasión y la curiosidad por este deporte nos hacían rondar al coloso novembrino. Nos colmaba de felicidad ver entrar a los jugadores al estadio. Recordamos a equipos como Indios, Torices, Willard y Vanytor. Yo era “indígena” a morir y ver a Chita Miranda caminar con aquel uniforme acrecentaba mi fanatismo.
Otro jugador, aunque del Torices, llamaba la atención de mi grupo de aficionados: Ronquecito López. Lo saludábamos, nos tocaba la cabeza y disparaba su eterna sonrisa. Cuál no sería mi dicha al enterarme, dos años más tarde, que el médico pelotero, Armando Crizón, se peleó con el cubano Gaspar Chulungo del Monte, mánager de los Indios, y la directiva lo canjeó por Ronquecito. Así, López se hizo “indígena”.
En los años sesenta, en uno de los consultorios médicos de la empresa Puertos de Colombia, estando con mi padre, estreché su mano y supe que era Jefe de Taller, y la amistad creció. En el trabajo era “el maestro Ronquecito”.
En estos días vi en una red social la noticia de que el amigo Ronqué, como lo llamaba mi papá, su compadre, había fallecido.  Hablé por teléfono con Ernesto Jiquí Redondo. Abatido por la nostalgia, me dijo: “quedamos tres del glorioso equipo, que era de veinte: Cipriano “Flaco” Herrera, Enrique “Quique” Hernández y yo, qué cosa”. Este año también murió la reina de Colombia, Piedad Gómez Román, lanzadora de la primera bola del juego inaugural, Venezuela vs Costa Rica, en el estreno del flamante estadio. Asimilé la muerte de Ronquecito y pensé en su grandeza inmortal, en la perpetuidad de sus logros y en la eternidad de sus hazañas. Todo campeón mundial ha escrito páginas imborrables y pintado lienzos infinitos. Es el caso de Dagoberto Ronquecito López, quien esculpió un hogar digno y generoso. Sus hijos son su continuidad. Paz en su tumba.